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2010-06-14 04:49:04
Clonck. Eso sintió mi cabeza cuando me disponía a entrar en mi casa. Era sábado por la noche, volvía de tomarme unas copas, y algo o alguien me golpeó por la espalda dejándome K.O.

Cuando me desperté estaba en el salón. Me dolía horrores la cabeza. Intenté tocármela, pero no podía moverme. Mis manos y piernas no se movían y me costaba respirar. Poco a poco fui dándome cuenta de que estaba atado a una silla y que un trapo ocupaba mi boca. Mis ojos se fueron aclarando, y, horrorizado, fui consciente de la situación.

Una banda de ladrones había asaltado mi casa. Mi padre se encontraba de viaje, por lo que estábamos solos mi madre y yo. Vivimos en un lujoso chalet a las afueras de una pequeña ciudad del norte de España. Yo soy Javier, Javi. Tengo 28 años. Mi madre es Rosa. 53 años. Somos una familia con negocios, adinerada, y con cierta fama en nuestra región.

Cuando volví en mi y recobré la consciencia, viví el peor momento de mi vida. Y dudo que nunca viva algo peor.

Al abrir los ojos, me encontré con mi madre frente a mi. Estaba en mi misma situación. Sentada en una silla, con las manos esposadas a su espalda, vestida solo con un camisón de verano, y con tres ladrones frustrados a nuestro alrededor.

Mi padre, hombre cauto, no quería tener en casa demasiado dinero en efectivo o joyas, por lo que los ladrones, con apenas 3.000 euros y unas pocas joyas de mi madre, no estaban muy conformes. Esperaban mucho más de este robo, pero, las joyas valiosas de mi madre, estaban a buen recaudo en unas cajas de seguridad de una entidad bancaria, por lo que estaban bastante furiosos.

Cuando abrí los ojos, casi de inmediato, sentí un golpe en mi cara. Un puño me golpeo. Lo bastante fuerte para hacerme sentir un buen dolor, y lo suficientemente suave para no hacerme desmayar de nuevo.

-                     Mira zorra, tu hijo ha despertado. ¿Ves? Colabora. O quizás cuando acabemos con el nunca más despierte.

-                      

Ellos, sin éxito, intentaban que mi madre les diera más joyas. Algo que no podía hacer porque no estaban en la casa, y tan solo mi padre estaba autorizado a acceder a a las cajas bancarias de seguridad.

-                     Ni  6.000 euros nos llevamos, jefe. – dijo uno de los ladrones – entre el efectivo y las 4 joyas que nos ha dado, no llegamos a eso, porque las joyas, una vez fundidas, no valen nada.

-                     Tranquilo. Nos cobraremos. O estos dos morirán. Tenemos tiempo. El viejo estará fuera por unos días, y los fines de semana no tienen servicio.

-                      

Era evidente que nos habían estado vigilando.

No pude evitar asustarme escuchando esas palabras. En mi cuarto, tenía unos 1.000 euros en efectivo y un par de relojes, pero era seguro que no  contentaría a esos sinvergüenzas.

De pronto, uno que parecía ser el jefe se acercó a mi madre. Ella, al igual que yo, no podía moverse, aunque su boca no tenía una mordaza, como era mi caso, pues ellos trataban de sonsacarle de continuo donde podrían hallar más dinero o joyas.

Ella llevaba un camisón de verano. Era un camisón largo, azul celeste, de tela sedosa, con larga falda y el cuello bien ceñido, aunque las mangas tan solo llegaban al codo. Mi madre era una mujer muy religiosa, y no le gustaban los escotes o las faldas cortas. Ni siquiera en casa. El estar con las manos esposadas tras la silla, unido a lo fino del camisón, hacían que sus pechos se marcaran sobre la tela del mismo.

Mi madre, es una mujer normal. A sus 53 años, aunque se cuida mucho, no puede evitar que ciertas partes de su cuerpo sucumban a la gravedad. Sus nalgas están un poquito  fofas, con algo de piel de naranja,  sus pechos ya algo caídos, y algunas arrugas ya adornaban su rostro.

De pronto, el jefe, sacó un cuchillo y cortó las cintas que sujetaban los tobillos de mi madre a la silla, y cogiéndola del pelo la hizo ponerse en pie. Era ostensiblemente más alto que ella. El sobrepasaba el  1.80 y mi madre apenas rozaba el 1.60. Al ver ese maltrato, me revolví en la silla tratando de soltarme, acto que respondió abofeteandola a ella.

-                     Cada tontería tuya la pagará ella. Así que se bueno si no quieres que le corte la cara – dijo mientras le acariciaba una mejilla con el cuchillo.

Me quedé quieto. Los ojos de ese tipo decían que era totalmente capaz de hacerlo. Así que resignan dome y llorando de rabia, me quede quieto en la silla. No podía hacer otra cosa.

A una señal del jefe, los otros se colocaron tras de ella. Aun tenía las manos esposadas a la espalda.  La sujetaron, uno por cada brazo, a la vez que uno de ellos le tiraba hacia atrás del pelo, haciendo que se doblara un poquito hacia atrás.

-                     Vieja zorra. Vas a pagar tu por lo que no podemos llevarnos-

Mi madre, asustada, intentó forcejear, a la vez que comenzaba a llorar fuertemente y a gritar. El jefe, se acercó a mi, y sin mediar palabra me golpeó dos veces en la cara, abriéndome una ceja y aturdiendome momentáneamente

-                     Zorra, tu la haces y el la paga. Al igual que él contigo.  Deja de llorar y dime tu nombre.-

-                     Rosa.-  contestó con la voz aun quebrada por los llantos.

-                     Bien Rosa. Vas a ser buena con nosotros. A portarte bien. Si no quieres ver como mato a tu hijo, claro.  Dime, Rosa,  ¿vas a ser buena?

-                     Si.-  Mascullo ella.

El tipo volvió a golpearme.

-                     Si señor, Rosa, si señor. Y a mis amigos, les hablaras igual, ¿entiendes Rosa?

-                     Si  señor.

-                     Dime Rosa, ¿Con cuantos hombres has estado?

-                     Con mi marido, señor. Solo con el.

-                     ¿Seguro zorra? ¿nunca le has sido infiel?

-                     No señor. No. Se lo juro. – alcanzó a decir entre sollozos.

-                     Bien bien. Mira que bien. Mejor así.

Había posado la pistola sobre la mesa, tenía la mano derecha libre, y en la izquierda aun llevaba el cuchillo.  Con la mano libre comenzó a acariciar el rostro de mi madre. Sus mejillas, sus labios… su cuello.

-                     Un cuello demasiado cerrado para el verano, Rosa. ¿No tienes calor? – dijo el jefe.

Ella no contestó. El tipo, lentamente abrió dos botoncitos el cuello el camisón, y comenzó a acariciárselo con sus dedos. Podía ver las lagrimas brotar de sus ojos. Me consta que mi madre es una persona muy pudorosa. Que le cuesta incluso quedarse desnuda ante su médico.

Uno de los ladrones la soltó. Cogió la pistola que su jefe había soltado y se puso a mi lado, con la pistola apuntando a mi cabeza. Amenazante. El otro, pasó su brazo entre los brazos de mi madre y la espalda de ella, a la altura de los codos. Al tener ella las muñecas esposadas, la sujetaba totalmente con un brazo, quedándole libre el otro para coger una navaja, y rozarle un poquito el cuello. Ella estaba asustada. Muy asustada. Normal. Un tipo la sujetaba por la espalda, mientras otro, la manoseaba por el frente, ambos armados con armas blancas, mientras otro me apuntaba con una pistola.

De pronto, el jefe la cogió por el pelo, a la altura de la nuca, y la besó. Pude ver como ella apretaba los labios, lo que provocó un enfado en el jefe, que le hizo una señal al tipo que estaba a mi lado, y que este respondió con un fuerte puñetazo en mi cara.

–                    ¿Lo ves, Rosa? Creo que no lo has entendido aún. Si quieres que no os pase nada, colabora. Tenemos 24 horas por delante. Tu decides como queréis pasarlas. Vuestra finca es grande, los vecinos están lejos, y estamos siendo buenos. Podemos ataros a ambos, desnudos, y torturaros. ¿Lo prefieres? No,¿Verdad? Pues colabora.

Acto seguido volvió a repetir el movimiento anterior. Esta vez, mi madre, abrió su boca respondiendo el beso, mientras, él, con la mano libre, acariciaba su cuello, y bajaba lentamente hasta su pecho. Comenzó a acariciar su seno derecho por encima del camisón. Primero suavemente, luego algo más firme, para terminar con un fuerte pellizco y un tirón de su pezón.

El jefe se separó un poco de ella. Posó la navaja sobre una mesa y comenzó a desnudarse. Yo estaba enfurecido, pero no podía hacer nada, tan solo ver la expresión de horror en la cara de mi madre. Ella seguía esposada. El jefe la cogió por el pelo, y la miraba con lascivia, mientras los otros dos se desnudaron. Ahora, los tres estaban desnudos.

–                    ¿Te gusta lo que ves, Rosa? Bueno, si no te gusta, pronto te gustará. - Dijo el jefe, mientras, comenzaba a acariciarle con violencia los pechos. Ella lloraba. En silencio. Podía ver caer lágrimas por su mejilla. Y pude ver su cara de angustia cuando el jefe, cogiendo el camisón con ambas manos, dio un fuerte tirón, rasgándolo, dejando al aire sus pechos, pechos que enseguida comenzó a chupar y sobar, mientras el que estaba a su espalda también la manoseaba.

De pronto la golpearon tras las rodillas. Eso la hizo caerse hacia adelante. El jefe la sujetó por el pelo. Se había quedado de rodillas frente a él. Sin casi terciar palabra, el jefe le golpeó varias veces con la polla en las mejillas, fuerte. Hasta que le sujetó el mentón y le obligó a abrir la boca, para meter su polla dentro y comenzar a follársela duramente durante varios minutos.. minutos que el otro estuvo arrodillado tras de ella, sobando y pellizcando sus pechos y pezones, así como su coño.

De pronto el jefe la levantó, y la tumbó sobre la mesa del salón. Era una mesa pequeña, aunque alta, con lo que sus piernas y cabeza colgaban por los extremos. Sin ningún tipo de previo, el jefe se dirigió a su entrepierna y la penetró. Ella soltó un largo y doloroso gemido, que pronto acallaron los otros dos, pues el otro se había separado de mi lado e ido junto al resto, metiendole la polla en la boca. Se turnaban, un rato uno y luego el otro, mientras el jefe la follaba a placer. Una eternidad para mi estuvieron así Hasta que el jefe, con un largo gemido de placer, eyaculó dentro de su vagina, cediendosela entonces a los otros, mientras el volvía a su boca para obligarla a limpiar su polla con la lengua.

Cuando el jefe la dejó, los otros volvieron a turnarse con ella. Uno su boca y otro su sexo. Así la penetraban por ambos agujeros mientras las lagrimas caían de sus ojos. Y fueron corriéndose ambos, primero uno, y luego el otro.

Cuando pensé que todo por fin había acabado, cuanto me equivocaba. Vi que el jefe salía un momento de la habitación para volver a los pocos momentos. Traía en las manos unas corbatas de mi padre. Cogiéndola del pelo, la tumbo boca abajo sobre la mesilla del salón, atando sus tobillos a las patas de la mesa.

Cuando la tuvo en esa postura, se acercó a su cara, con la polla fuera, y la metió en su boca. Mas para humedecer que por placer. Después de un rato, dejó su boca, y sin contemplaciones, se fue a su culo. La penetró en el primer empujón. El grito fue brutal. Los otros se apresuraron a callarla con sus pollas. Fue demencial ver como este animal follaba su culo salvajemente mientras ella intentaba gritar su dolor, gritos que eran acallados por las pollas que era obligada a chupar.

Después de un enorme rato, donde los minutos parecían horas, el jefe comenzó a gemir salvajemente, corriéndose dentro del culo de mi madre. Le había dejado el culo bien dilatado, cosa que los otros, aprovecharon. Así, fueron follando su culo los tres. Luego de follarla, el jefe la abofeteó para que sacara la lengua y limpiara su polla. Cuando todos se habían corrido, soltaron las ataduras de sus tobillos y la dejaron en paz.

Autor: amamadre


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