La profesora se encontraba muy abatida, con cierta depresión. En otras circunstancias, habría pedido una baja médica, pero sabía que si hacía esto, seguramente sus dos rebeldes alumnos le ocasionarían más problemas.
La días fueron pasando y por fin el viernes haría el rutinario viaje a su anterior residencia. Se encontraría con su marido y vería a Gino, pero había algo que le preocupaba en exceso.
Cómo se sentiría cuando por la noche se tuviera que desnudar ante su marido y este le hiciera el amor como todas las veces que se reencontraban? Sin duda, aquella noche sería algo diferente. Ignoraba cual sería su reacción después de aquella experiencia traumática.
Carmen llegó a su casa, donde fue recibida por su marido y por su hijo. Cenaron, y después el muchacho se marchó con sus amigos. Llego para la mujer el momento más difícil.
Se desnudó rápidamente y dando la espalda a su marido se metió en la cama. Temblaba mientras su esposo pensaba que era por la frialdad del lecho, o por los nervios de volver a ser amada después de tres semanas sin estar con él.. Nada más lejos de la realidad, era un enorme temor por volver a estar con un hombre, aunque fuese el suyo.
Hicieron el amor de la forma rutinaria de siempre. La besó, mordió y jugó con sus pechos y la penetró. Carmen se mordía los labios para no llorar, aunque la oscuridad del dormitorio le permitía que su esposo no viese sus lágrimas, que iban cayendo en la almohada.
Sábado y domingo pasaron pronto y de nuevo se vio a primera hora de la mañana del lunes dando clases a sus alumnos de siempre.
Francis y Arón, salvo alguna mirada más centrada hacia sus pechos, o al menos lo que ella percibía se comportaban de forma educada, no haciendo ningún comentario, ni lanzando indirecta alguna sobre lo que había sucedido en casa de Arón.
La profesora había meditado mucho sobre lo que había pasado aquel día. No debió someterse a aquel chantaje, o tal vez si, para evitar que Gino tuviera problemas con la justicia. Ahora tenían algo más para chantajearla, las fotos que le hicieron y que en la soledad de la noche imaginaba el uso que aquellos dos desalmados podrían estar dando a las imágenes.
Carmen no sabía que además de aquellas comprometidas fotos existía un video con el encuentro completo, que recortando ciertas escenas representaban a una profesora teniendo sexo con dos alumnos de su clase.
A primera hora de la tarde del viernes, Francis y Aron acudieron al despacho de la profesora que preparaba la siguiente clase.
La mujer tembló de pánico al ver a aparecer a los dos chicos.
Una larga lista de insultos salió de boca de la profesora. Los chicos esperaron pacientemente a que se calmara.
Dejaron sobre la mesa las fotos de Gino robando en la joyería y las de Carmen, que ella permitió que le hicieran, mientras que Francis, abriendo el ordenador de Arón, le explicó que el DVD contenía algunas partes del encuentro que habían mantenido en su casa, como ella pudo verlo a la vez que le insistían que sólo se veían las preguntas, las escenas eróticas. En aquel video, Carmen parecía una madura caliente más que una profesora chantajeada obligada por sus alumnos.
Aquellos muchachos lo iban a hacer otra vez. No podía soportarlo. Todo tipo de locuras para evitar pasar por lo mismo, pasaron por su mente.
Carmen se sabía atrapada. Meditó lo que podía hacer para evitar enfrentarse de nuevo a los dos chicos, pero cualquier solución sería tardía y los muchachos enviarían y enseñarían el material que tenían a la policía, marido y dueño del colegio. No tenía otra salida que aceptar.
Cerró la puerta de su despacho, y estuvo sin salir hasta que llegó la hora. Le hubiera gustado que el reloj se hubiera detenido, pero poco a poco las agujas señalaron las seis en punto de la tarde. Se dirigió al baño y se miró al espejo. Retocó su maquillaje, y se acicaló. Se sabía una mujer atractiva. A sus cuarenta y dos años, unos vaqueros ajustados, un jersey marrón y unas botas negras, la hacían aún deseable para la mayor parte de los hombres.
Antes de alcanzar las escaleras observó que la puerta ya estaba cerrada con llave. Comenzó a subir hasta la primera planta, lugar donde estaba situada la clase. Al llegar a ella su rostro palideció.
No sólo estaban sus dos alumnos Francis y Arón, sino que también se encontraban cuatro chicos más. Javier, Gustavo, Héctor y Raul.
Arón la siguió. La mujer estaba parada en la salida.
A los pocos instantes, Carmen, con el abrigo y el bolso en la mano, volvió a entrar en la clase. A pesar de estar caldeada sentía mucho frío y temblaba. Gustavo jugaba con enorme dado de peluche que debía de haber sacado de la clase de los pequeños. Encima de cada pupitre habían colocado un papel en el que figuraba un número, del uno al seis.
La profesora sabía que estaba en poder de aquellos maquiavélicos muchachos. Dejó su abrigo y su bolso sobre su mesa y esperó que alguno de los chicos le dijera lo que tenía que hacer.
Arón se levantó, e hizo un recuento en voz alta de las pertenencias de su profesora.
Todos rieron ante la última palabra del chico, que volviendo a guardar todo en el bolso, lo cogió y lo llevó con él, mientras que le hicieron volver a tirar el dado de nuevo.
La profesora les recriminó, explicando que el dinero era para comprarse algo de ropa cuando saliese del trabajo. Sus quejas cayeron en saco roto, le decían que estaría muy guapa con cualquier trapito o sin él. Ante las burlas, no tuvo otra opción que llamar al restaurante para que trajeran una opípara merienda al colegio. Según colgó, la orden era volver a tirar el dado.
La mujer no sabía que decir. Sin duda alguna, ahora se precipitarían todos los acontecimientos. No tenía ninguna escapatoria, sino hacía todo lo que aquellos chicos quisieran, su vida de desmoronaría. Un escalofrío recorrió su columna vertebral.
Francis tomó la iniciativa, subió con ella al altillo donde se encontraba y la habló al oído. La colocó dos metros por delante de la mesa y enfrente de sus compañeros.
Todos los muchachos jalearon a su compañero y empezaron a animarle para que le quitase también la camiseta.
La profesora comenzaba a sofocarse sabiendo que su estancia en la clase sería aún más terrible que la vez anterior en la que "sólo" tuvo que lidiar con dos alumnos. Ahora eran seis, con más tiempo y cabezas para pensar las perversiones. Evitaba llorar, pero la sangre le subía a la cabeza y su cara estaba colorada de vergüenza.
De nuevo se situó detrás de ella, y sin decir nada le sacó su camiseta. Ella, sumisa, levantó sus brazos para facilitar la salida de su prenda. Un sujetador rosa quedó a la vista de los muchachos que escoltaba fielmente los pechos de la profesora.
Francis besaba sus mejillas y le secaba las lágrimas con un pañuelo. Le animó a contarle a Hector y a todos los que estaban allí, su medida de pecho y talla de sujetador.
El chico seguía situado a su espalda. No paraba de besar su cara y su cuello. Le dijo al oído que le quitaría los pantalones.
La mujer, resignada, no se movía. Las manos de Francis fueron bajando, no sin antes acariciar sus pechos por encima del sujetador, lo que provocó los jaleos de los demás estudiantes. Pasando la mano por su estómago, llegó al botón de sus jeans y lo desabrochó. Bajó su cremallera y teniendo cuidado de no bajar su braga hizo descender los pantalones hasta sacarlos por sus tobillos.
Arón puso música y Francis, sin soltarla por detrás siguió el ritmo agarrando a la mujer, que en ropa interior rosa, tenía que seguir los pasos del muchacho que tenía a su espalda. De nuevo, Arón, ante la mirada de su profesora, sacó una nueva foto y se la reenvió a su teléfono.
Sin casi poder pronunciar las palabras por el llanto:
Francis siguió besándola por detrás, acariciando ligeramente sus pechos y pellizcando sus pezones, mientras Arón sacó una nueva foto. Ahora ella ya no protestó. Sabía que era absurdo hacerlo, y lo único que conseguía era excitar más a los muchachos por su debilidad.
En ese momento sonó el timbre de la puerta del colegio. Era el repartidor de pizzas. Arón ordenó a la mujer que se pusiera las botas y su abrigo y bajarse a recogerlas y pagarlas.
A pesar de sus protestas le ayudaron a calzarse y le colocaron su abrigo, que apenas le faltaba más de un palmo para llegar a sus rodillas y le entregaron el monedero. Arón se encargó de abrir la puerta y hacer pasar al muchacho que traía la comida hasta el vestíbulo, con la idea de que pudiera contemplar a Carmen tan sólo con un corto chaquetón y sus botas altas.Intentando cerrar su abrigo lo máximo posible por arriba y por debajo, bajó a recibir el pedido y pagó al muchacho, que observaba expectante la indumentaria tan sensual de la profesora.
Subió otra vez a la clase donde "la invitaron" a quitarse de nuevo el abrigo. Los alumnos dieron buena cuenta de la comida que había comprado la profesora. Carmen fue sirviendo a todos los chicos con tan sólo un pequeño tanga rosa.
Mientras comían, se le ocurrió a Raul que Carmen leyese mientras iba recorriendo el aula. Le entregó un texto de todorelatos que había impreso en su casa. La mujer empezó a leer. Ahora estaba más calmada, o quizá sólo intentaba aparentar una falsa tranquilidad sabiendo que le quedaba la parte más dura de su clase.
El texto narraba en primera persona como una mujer lo había hecho con varios compañeros de trabajo, con un lenguaje que a ella le costaba pronunciar, pero que cumplió a la perfección, mientras, alguna palabra soez, algún cachete y unos tocamientos acompañaron el relato.
Su braguita marcaba el negro de su sexo. Francis le dijo que volviese a colocarse como había hecho anteriormente, en frente de sus alumnos, mientras él volvía a situarse a su espalda. Le dijo en voz baja que le iba a bajar el tanga, ahora pintado de negro, al igual que hizo Arón la otra vez, sólo que ahora la orden era:
De nuevo dijo la frase llorando. De nada volvieron a servir sus protestas. Siempre se las apañaban para humillarla más de lo que esperaba. El chico de rodillas fue bajando su braga y sacándolo por debajo de sus bocas permitió a sus compañeros que viesen desnuda a su profesora. Sus ojos estaban empañados, lo que impedían ver a sus sonrientes y expectantes alumnos.
Una vez más, Arón hizo una foto con el móvil de Carmen. Ella, aunque lo vio, no tenía ya fuerzas, ni moral para recriminarle nada.
Todos los compañeros aplaudieron su idea. Francis ordenó a Carmen que se pusiera sobre la mesa, abriese sus piernas y se colocase el tampón.
La mujer lo desembaló y se lo introdujo hasta que desapareció de la vista de los chicos quedando una pequeña cuerda por fuera. No podía mirar a los críos, toda su intimidad estaba a la luz.
Gustoso de la idea, se acercó a ella, momento que acarició para acariciar su sexo y cogiendo el pequeño cordón que colgaba, lo extrajo.
- Una mujer moderna como usted no debería llevar el pelo de su pubis tan largo, dijo Raul. -- Francis le entregó unas tijeras y le dijo que lo podía dejar a su gusto. Los llantos y súplicas de Carmen no fueron obstáculo para que poco a poco, Raul estirase su vello vaginal y lo fuese cortando hasta dejarlo casi rapado y pinchante.
Antes de proponer el siguiente juego, Arón sacó una foto al sexo de Carmen, depilado con la mayor profesionalidad, y propuso el siguiente juego. Debían quitar las mesas. Carmen les haría una felación de tres minutos, o tal vez menos si alguno se corría antes. Los que aguantasen sin eyacular podrían seguir disfrutando de la profesora.
La mujer se colocó de rodillas, no para meter el miembro del primer chico en su boca, sino para implorarles piedad con las manos juntas. Los muchachos reían y se burlaban sin compasión.
Gustavo fue el primero. Estaba muy caliente. Arón puso el cronómetro en marcha, pero apenas habían pasado cuarenta segundo cuando mostró sus labios llenos del semen del chico.
Tosiendo, sintiendo un tremendo asco, se levantó y cogió uno de los paquetes de pañuelos que estaba sobre la estantería y se limpió.
El segundo fue Hector. Disfrutaba de cada embestida en la boca de su profesora. Su cara mostraba una gran excitación, todos pensaban que sería el segundo en correrse pero el cronómetro sonó y respiró aliviado.
Raúl tomó la cabeza de la mujer y la llevó a su miembro. Al igual que el de sus compañeros, estaba empalmado. Agarró su cabeza y empezó a dirigir la penetración bucal. Tuvo que masturbarlo con sus labios los tres minutos sin que pudiera llegar a conseguir la explosión de semen que le habría elminado de la lista. Después del sabor acre de su miembro sintió la humedad amarga del semen.
Javier fue el siguiente. Su cara denostaba un enorme calentón. Carmen, desganada, llorosa y humillada agarró con sus labios el pene del muchacho y volvió a repetir el movimiento que había hecho con los otros chicos. Pasaban de los dos minutos cuando de nuevo su garganta fue inundada por el íntimo líquido del chico.
Ahora le tocaba a Francis. Antes de empezar, miró con complicidad a Arón. Ambos sabían que aguantarían sin problemas. – La profesora sentía como sus rodillas se clavaban en el suelo lo que le producía un cierto dolor, al igual que en sus labios, de tenerlos presionados mientras hacía su trabajo, aunque el mayor daño era el moral, por todo lo que estaba sufriendo. El cronómetro sonó y Arón, en su turno, agarró de brazo a su profesora para introducir la cabeza entre sus piernas.
Arón entregó el cronómetro a su amigo Francis que lo puso en marcha al primer lametón de Carmen. Agarrando su pelo animó a su profesora a hacerlo aún más rápido e intenso. Aunque se le veía excitado, Arón controlaba la situación llegando sin problemas al pitido final de los tres minutos de sexo oral.
La profesora se levantó. Sentía frío y sus piernas apenas la mantenían en pie.
Raúl fue el primero, se sentó en una silla, colocando a su profesora encima de él, metiendo su miembro dentro de ella. La mujer, que no estaba lubricada sentía como el bastón de muchacho la perforaba. Besaba sus pechos, los mordía mientras estos bailaban al ritmo del sube y baja que imponía el muchacho. Ahora ya no se pudo aguantar y descargó todo su semen contenido en el útero de Carmen.
Hector decidió hacerlo encima de la mesa. La llevó en volandas, mientras ella tapaba sus ojos que no paraban de soltar lágrimas. La penetró de nuevo. Aunque su pene era más grande que el de Raul, sintió menos las embestidas del muchacho, que viendo la esplendosidad de la mujer tampoco llegó a agotar el tiempo, vaciando por segunda vez en el sexo de su profesora.
Francis y Arón tenían pensado llegar al final. Los dos consumieron el tiempo sin necesidad de eyacular. Se les veía sueltos, acariciaban a la mujer, mordían sus pechos. Lo hicieron en la silla, después en la mesa, para terminar con ella a cuatro patas. Cuando acabó Arón, sabía que junto con Francis disfrutarían del último orificio de la mujer.
Escupió su ano y Arón introdujo su miembro en él. La mujer lloró y suplicó de nuevo. Se limitaron a decir que era lo último. Sus nalgas eran cabalgadas y los muslos víctimas de los azotes de los chicos.
Francis fue después. Ahora no decía nada. Se limitó a colocarse en posición para que el muchacho terminase cuanto antes.
Los muchachos ya vestidos, dieron un fuerte aplauso a la profesora, que quedó tumbada en el suelo, sin poder moverse, abatida, hundida y humillada.
- Vístase y vayámonos. Entre todos recompusieron su ropa y la sacaron en volandas a la puerta del colegio. Los muchachos dudaban de la posibilidad de que Carmen hiciera alguna tontería, pero aún así, se marcharon.