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2009-01-15 02:18:18
Desde la epoca en que ibamos al instituto me acostumbre a ver y escuchar las groserias y obscenidades que decian de la que hoy es mi mujer. Las miradas que le echaban y como aprovechaban para sobarla cuando podian, en las fiestas que se montaban. Entonces ella no me hacia mucho caso. Por los comentarios de mis compañeros se que , se convirtió en una obsesión para ellos, inspiradora única de sus pajas.
Eso no ha cambiado después.  Debo reconocer que si  fijo en mi y se caso conmigo fue porque tuve un golpe de suerte con la loteria .  Si bien es cierto que no llego virgen al matrimonio,  y  me consta que fueron varios los que se la calzaron ,  después de ser mi esposa nunca me falto el respeto incluso cuando las cosas se torcieron económicamente  y empezamos a tener que recortar nuestro nivel de vida. Aunque si empece a notar sus reproches por no poder darle todos sus caprichos.

Incluso empezo a mortificarme correspondiendo con sonrisas y miradas a las cosas que le decian los hombres, incluso si eran vecinos nuestros del edificio o del barrio.  Tampoco le importaba si eran jóvenes o maduros.  Después de 10 años de casados a sus 34 años  le encantaba sentirse deseada ya que eso la compensaba de la perdida de poder adquisitivo frente a otras señoras conocidas o amigas suyas, frente a las que podia presumir de su poder de atracción sobre los hombres.

 Porque además de ser muy guapa; frente a otras señoras que no estan mal,  ella tiene algo que la hace sumamente atrayente:  todo su cuerpo, su persona, destilan un morbo y una voluptuosidad  desmedidos.

Tiene una media melena de color castaño y unos ojos verde esmeralda preciosos.  Da gusto  verla comer para contemplar el movimiento de sus labios rojos y carnosos. Supongo que muchos chicos y hombres se vuelven locos pensando en comerle la boca y en que algún día les haga una mamada de actriz porno.  Tiene un cuerpo macizo, buenas carnes sin caer en el exceso de peso.  Unos brazos bien torneados,  unos pechos grandes bien levantados que apuntan hacía el frente y que vistos de perfil provocan una  erección bestial.  Y finalmente unas nalgas y unas piernas que son un espectáculo cuando ella camina garbosamente sobre sus impecables zapatos de tacón alto.

Y todo ello sin que ella vista provocativa,  aunque siempre tiende a llevar una talla más bien ajustada que holgada.  Así es Inés, mi joven esposa. Todas esas cosas que os digo y que son exactísimas  se las escucho, mortificado, a muchos vecinos cuando en el bar, sin darse cuenta de mi presencia, se sueltan la lengua hablando de mujeres.

Me consta que algunos tipos la seguian  por un rato para recrearse. Escuchaba  jodido los comentarios de los chicos y de  los hombres de nuestro  barrio,  soñaban con beneficiársela algún día. Un dia  de verano un vecino que la seguia consiguió sentarse con ella en el autobús.   A día siguiente se lo contaba así a los otros:

             -  La jaca  llevaba un top con tirantes y yo una camiseta. Su brazo y el mío se rozaban y me dio un gran gustazo  sentir la  suavidad de su piel.  Tíos, anoche me hice un par de  pajas imaginando que acariciaba sus  brazos desnudos.

Unos meses decidimos hacer un viaje a Barcelona, que por ser de mas de doce horas, decidimos hacerlo por la noche en tren litera. Llegados a la estación nos dispusimos a sacar billete; y aquí aparecieron Carlos, un chaval vecino nuestro   y  otros tres  amigos que se juntaron a nosotros :

   - Mira   –dijo el tipo -  nos han dado el mismo departamento de literas para los seis.

Y lo decia mientras el y sus amigos se la comian con los ojos.

 Después de esperar media hora se anunció por los altavoces que el tren estaba ya en su vía.  Cuando nos dirigíamos hacía el vagón, caminando por el andén.  Ella vio  algo en el suelo junto a la pata de un banco:

Se agacho,  y recogio  del suelo  una  esplendida  pulsera de oro que  miró y guardó rápidamente en su bolso. 

 Apenas reanudamos la marcha vimos como una señora, esposa del director de  la sucursal bancaria con el que yo tenia bastante trato, y su hija caminaban hacia nosotros mirando por todos los lados hacia el suelo y preguntando a algunas personas.  Cuando nos cruzamos con ellas nos miraron y nos dijeron : 

- Se nos ha perdido una pulsera de oro   ¿ No la habrán visto,  o escuchado a alguien haberla encontrado?

Tanto los chicos  como yo nos quedamos de piedra al oir la respuesta de mi mujer:

- Cuanto lo siento, señora;  pero no hemos visto nada, ni escuchado a  nadie haberla visto.

Mire a mi esposa con cara de mala leche, pues el trato con el marido de aquella señora era una pieza clave, para intentar recuperar algun dia un posición economica  desahogada.

Subimos a nuestro vagón y entramos en nuestro apartamento de literas. Era suficientemente amplio con tres literas  a cada lado  La del medio estaba bajada y hacía las veces de respaldo de asiento.  Mientras colocábamos nuestro equipaje vimos pasar a la señora y su hija que se acomodaron en el departamento contiguo al nuestro.

El tren se puso en marcha puntualmente a las 10 de la noche.  Mi esposa, que  se había quitado la chaqueta, iba vestida con un sueter de lana fina bastante ceñido. Llevaba una falda que le llegaba por encima  de la rodilla no excesivamente ajustada.  Aún así  sus voluptuosas formas eran bastante apreciables y observé como Carlos y los otros  se regodeaba viendo sus prominentes pechos y contemplando sus piernas.

Ella  que se dio cuenta,  juntaba los muslos y estiraba el borde de la falda; pero las formas de sus nalgas y muslos, aprisionados en las costuras,  seguían siendo un regalo para la vista de sus ojos.

Ella, notablemente molesta,  salió al pasillo y Carlos con otro, echándole morro,  fueron detrás  para seguir mirándola.  Justo en ese momento salía la señora de al lado y,  al poco de entablar conversación,  vino a dar en lo de su pulsera:

- …..estoy segura que alguien se la ha encontrado y se ha quedado con ella.  ¡Cuánto sinvergüenza hay por el mundo!

Mi mujer, roja como un tomate, con un pretexto se metió de nuevo al  apartamento antes de que la señora se diera cuenta. Cuando se le pasó el sofoco salió de nuevo y continuaron hablando. Los chicos  la miraban cada vez con más descaro, de tal manera, que la otra señora y su hija, que también había salido al pasillo,  cuando  mi esposa  fue un momento a los lavabos les dijeron: 

-  Pero no os da vergüenza mirarle las tetas con ese descaro.

Cuando volvieron a entrar en el departamento, yo notablemente  incómodo  estaba sentado en la esquina  sin darme cuenta asi propiciaba  que ella y Carlos se  sentaran juntos.  Carlos y los otros  estaban ya muy calientes y casi sin darse cuenta se llevaron las mano a la entrepierna.  Ella se dio cuenta del bulto que le sobresalía a alguno, ya que llevaban los jeans bastante ajustados. Carlos comenzó a frotar lentamente su bulto con la mano mientras miraba el voluptuoso busto de mi esposa a escasos centímetros de sus narices.

Yo me  levante  bruscamente y le dije  muy cabreado: 

-         Acompáñame al pasillo Carlos.

Una vez fuera comence a reprocharle y advertirle:

    - Eres un golfo descarado. Cuando vuelva se lo voy a decir a tus padres  lo indecente que eres. Ahora vas a entrar  ahí y te vas a comportar o aviso al revisor.

Tranquilo y seguro de sus bazas me contestó:

   - Tienes razón cabron ; pero antes de que tu puedas contarle a mis padres nada, yo le voy a contar a esa señora quien se ha quedado con su pulsera.  A no ser que entres al departamento, te sientes y  la zorra de tu mujer sea  amable con nosotros.

Mi  esposa, escuchaba la  conversación,  y cuando entramos  miró hacía mi preocupada.

Entraron y se sentaron. Yo veía que aquello se ponía chungo; pensé que lo mejor,  era fingir que me enfrascaba en la lectura del periodico.   Ella,  después de comprobar que yo no iba a hacer nada ,  obedeciendo un gesto de Carlos  se sujetó la falda, levantó un poco el culo para sentarse pegada al respaldo del asiento y luego comenzó a deslizarse hasta la mitad del asiento lentamente dejándoles ver sus esplendidos muslos.

Los chicos excitados y nerviosos  se frotaban el bulto mientras devoraban con los ojos los muslos de mi esposa  y el busto agitado por su respiración nerviosa.  Tanto ella como ellos miraban de reojo hacia mí  que fingía no darme cuenta. Animado por ello Carlos  se aventuró a poner la mano sobre su muslo. Creo que  si no deja de frotarse el bulto se hubiera pegado una corrida bestial; su cara decía  claramente lo que sentía , al apretar la  mano sobre su muslo, aquella firmeza turgente de su carne. Supongo que empezaba a imaginar como sería sentirla sin aquellas medias finas que enfundaban sus piernas.   

Miraba de reojo hacía mí  y deslizaba su mano apretando más fuerte. Ella esquivaba la  mirada  de Carlos y dirigía la suya hacia el suelo, aunque de vez en cuando, miraba de reojo. Cada vez más nerviosa, su pecho se agitaba, subía y bajaba, de forma violenta. El,  poco a poco más dueño de la situación, deslizó la mano entre sus piernas y ella instintivamente apretó los muslos de forma defensiva. A Carlos debió de  calentarle muchísimo que le atrapara la mano entre sus calidas carnes. Los otros tres chicos sentados enfrente se tocaban y permanecían con la mirada fijamente clavada en las piernas de mi esposa.

Yo,  sabiendo que lo que se venia era feo,  y que no podia hacer nada para evitarlo,  me encaramé arriba,  con el deseo inicial de no querer mirar, tapandome la cabeza con la manta. Pero la curiosidad pudo en mi y, aunque me hice el dormido, levante un poco de la manta para ver que ocurria.  Mi mujer, consciente de que estaba abandonada a su suerte,  intentó continuar, preparando la litera del medio, a ver si la dejaban en paz; pero Carlos la mandó sentarse. Quiso que apagaran la luz  y no la dejó:

-         Quiero verte bien puta. A tu marido no le va a molestar la luz.

Se sentó con cara de resignación  y otro chico se colocó a su lado donde yo antes estaba. Presos  de  excitación  Carlos y el  se abalanzaron sobre ella  y comenzaron a besuquearla,  pero sobre todo a apretarle las tetas por encima del sueter.

Ella ahogaba sus gemidos, porque sin duda le hacían daño al apretar con fuerza.  Ahora sus manos le levantaban  la falda y recorrían sus muslos  hasta finalizar el tacto de sus medías y sentir el suavidad de su piel antes de toparse con su braguita. Disfrutaban de la firmeza y suavidad de su carne  y sus manos volvían a hacerle daño.

- ¡Quítate el sueter vamos!

Ella se resistía y ellos torpemente se lo intentaban sacar por la cabeza. Al final ella cooperaba porque temía que se lo rompiera.  Solo llevaba un sujetador debajo del que rebosaban aquellos esplendidos senos blancos.  Mi entras los dos de enfrente se habían sacado las pijas y se masturbaban.  Carlos y el otro se dedicaban  a devorarla con la boca y las manos.  Frenéticos, recorrían sus brazos suaves, carnosos, bien torneados,  mientras sus hocico se metían en el canal de sus senos o le llenaban de babas los hombros, la cara y el cuello  Luego eran sus manos las que aprisionaban  sus pechos con ansiedad y crudeza..

Los dos se sacaron sus pijas  para que los pajeara.

- ¡Vamos, menéanoslas! 

Mi esposa,  se las cogió con sus manos  y comenzó a recorrerlas de arriba abajo. Yo,  sudando por la tensión que sentía, observaba por un resquicio debajo de la manta,  el desagradable espectáculo para mi, de ver como  sus asquerosos pitos por donde mean  eran sobados por las blancas manos de mi mujer.

Ellos,   mientras sentían la suave caricia de sus cuidadas manos,  se afanaban torpemente en desabrocharle el sujetador.  Cuando lo consiguieron  les dio un espectáculo  bestial  a los cuatro al ver como aquellas dos hermosas tetas se movían al ritmo de las manos que subían y bajaban sobre sus penes.

Luego cada uno comenzó a estrujarle sus espléndidos melones y ya no pudieron aguantar más; se corrieron, salpicándola a ella y la puerta del departamento con  abundantes chorros de lefa.  Mientras sentían el placer de la corrída,  amasaban sus pechos, mordisqueando  su cuello y sus brazos.

- ¡Vamos¡ Ven y  pajéanos a nosotros, puta.  – Le dijeron los otros dos chicos.

Ella obedeció y se puso de rodillas delante de los chicos sentados enfrente.  Ahora veía a mi mujer de espaldas y observaba perfectamente como sus blancas manos y sus uñas rojas se deslizaban  recorriendo los dos asquerosos pitos gordos de piel oscura. Los chicos alargaban sus manos para tocarle las tetas; mientras por detrás  Carlos le bajaba la falda  dejando ver su esplendido culo y  sus carnosas nalgas, que tanto él como su compañero se dedicaron a sobar.

 

Luego uno de los chicos a los que estaba masturbando le dijo:

-  Ahora vas a continuar pajeándonos con las tetas.

Aunque me daba la espalda, podía ver como mi esposa se colocaba entre las piernas abiertas del chico,  y abriendo los brazos se cogía sus pechos para aprisionar su inmunda pija.  Al principio lo hacía torpemente, porque una y otra vez repetía el gesto de cogerse los melones,  pero poco a poco se ve que aprendió a sujetar la tranca entre sus blancas carnes y vi como se movía arriba y abajo sobre la polla de cada uno de los muchachos.

-Lo haces muy bien, zorra,  se ve que te va gustando sentir nuestra polla caliente entre tus tetas.

 La verdad es que los dos cabrones  ponían cara de estar  en el quinto cielo cuando les tocaba el turno de enterrar su asquerosa pija en la mullida suavidad del seno de mi mujer.  Esta vez la cosa fue más asquerosa.  Al ponerse de pie, mientras sacaba sus piernas de la falda caída,  y giraba hacía mi, pude ver como su cara y sus pechos estaban llenos de la guasca que aquellos dos mamones habian descargado sobre ella.

Carlos  no quería perder ni un minuto y la ordenó que se quitara la braguita para verle y tocarle el coño.  Ella no dijo nada, se bajó la braga  y se quedó completamente desnuda con solo las medías y los zapatos;   la sentaron debajo de mi litera  y le hicieron abrir totalmente las piernas.  Dos  se sentaron a cada lado de  ella  y Carlos  frente a su coño. Los cuatro estaban mirando como hipnotizados la mata de pelo que mi esposa tenía entre sus muslos.

-         Vamos a ver que se esconde entre esos pelos, golfa.

 Los dedos  de aquellos  sátiros exploraron lo más íntimo de mi mujer descubriendo aquellos pliegues carnosos , rosados. Los dedos se movían torpemente para luego introducirse: los cuatro chicos iniciaron por turno  un frenético mete-saca de dos dedos juntos, que la hizo ahogar un gemido y suplicar :

-  No me hagais  eso por favor.

Pero ellos seguían, mientras uno le metía los dedos otros se recreaba en los muslos que le correspondían , apretándolos con fuerza en su cara interna. Alternativamente le magreaban con brutalidad las tetas y se las mordían. Mientras la cara de mi mujer totalmente descompuesta  demostraba que hacía esfuerzos para no gritar.  Pero ellos seguían, y ahora le metían los dedos dos chicos a la vez. 

- Voy a ver a que sabe y como huele el coño de un tía.

Carlos metió su cabeza entre sus piernas  y  comenzó a chupar y olerle la concha a mi esposa.  Se ve que su olor de hembra lo volvía loco pues cada vez hundía mas el hocico y la nariz entre su pelo y los pliegues de su almeja. 

- Basta por favor.  

Pero el cuerpo de mi mujer  decía lo contrario que sus  labios. Empezaba a retorcerse  y con la mano que podía comenzó a revolverle el pelo de la cabeza a Carlos.  Este retiro al poco la cara de su entrepierna.

-  Joder tíos,  tiene el coño prigado a tope.

Y se retiró facilitando que los otros tres fueran pasando sus hocicos por el chocho empapado de mi hembra. Ella gemía sin poder evitarlo. Los desgraciados estaban tremendamente excitados con  sus pijas duras y levantadas  apuntando hacia su cuerpo. Su apariencia amenazante y las brutales palabras de Carlos sacaron a mi esposa de aquella especie de sopor agradable en que se había sumido.

-  Ahora te la vamos a meter;  te vamos a dar todos los pollazos  que podamos hasta que revientes.

- No por favor, os hago todas las pajas que queráis; pero eso no.

Los muchachos la cogieron de las piernas y la arrastraron sobre el asiento hasta poner su culo al borde.  Le abrieron mucho las piernas para que Carlos pudiera clavársela comodamente y en profundidad.

-  ¡Vamos  Carlos,  clávasela, que está deseándolo la putona esta!

– Sí, te vamos a preñar.

 Viendola despatarrada e indefensa sentí miedo cuando Carlos  apoyó la cabeza de su pijota en su coño y empujó. Mi mujer sintió dolor.  Sujetada fuertemente por los tres chicos,  meneaba su cabeza con desesperación, pero Carlos la  clavó hasta los huevos.  Mi esposa gimoteaba llorando, pero él fue bombeando cada vez más rápido y con más fuerza. La penetración se hizo furiosa  y yo sentía miedo al ver las brutales embestidas que le daba.

Carlos  le daba con fuerza excitado por el temblor de sus carnes en cada arremetida. Se aferró a sus tetas  gruñendo como una bestia cuando sintió que se venía llenándola con su leche. Se dejó caer sobre ella y empezó a morrearla  para acallar su desesperada protesta, al sentir la descarga de aquel mal-nacido.

- Venga tío apártate que ahora voy yo.

-  Nooooo,  otra vez no.

Mi mujer abría los ojos con desesperación, observando la tranca del chico que la iba a perforar sin piedad. Este se acomodó entre sus piernas y le clavo la polla comenzando a bombearla. Se pegaba con fuerza a su cuerpo aferrando sus nalgas como si en cada embestida quisiera atravesarla. Ella se retorcía sujetada como estaba, mientras el aumentaba frenéticamente el ritmo de sus embestidas. Finalmente  el también comenzó a agitarse con violencia  cuando le llegó el momento de descargar su lefa dentro de su concha.

Cuando se puso entre sus piernas el tercero mi mujer ya no decía nada, simplemente lloriqueaba y gemía.  Este y el cuarto  también le dieron  muy  duro mientras que los otros se dedicaban a magrearle a  los muslos y las tetas , pues ya no era necesario sujetarla.

Cuando terminaron mi esposa estaba totalmente destrozada, con su cuerpo muy sudado. Los chicos también estaban cansados.

- Voy a echar una meada y a dormir un poco, para luego pegarle otro polvo.

A Carlos le acompañó otro y salieron al pasillo buscando los W.C.  mal vestidos.  Como no cerraron bien la puerta pudímos escuchar como se encontraron con un revisor del tren .  El tipo sospechó algo y se acercó a ver que pasaba.  Al abrir la puerta vio a mi maujer totalmente desnuda y a los otros medio desnudos sobándola.

- Pero ¿Qué estáis haciendo?  Vestiros y salir de aquí.

Yo me quedé muy quieto mientras el tipo al verme  aparentemente dormido no me dijo nada.  Era un hombre de más de cincuenta años bajo, muy delgado, con un bigotillo que acrecentaba en  su cara el gesto avinagrado.

Se inclino y le dijo a mi esposa: 

- ¿Qué es lo que pasa  aquí Señora? 

Ella no acertaba a decir algo coherente, y el tipo le espetó:

- Así que lo que tenemos aquí es una zorra caliente que le gustan jovencitos.  Eso no está bien. Vas a ver lo que los maduros como yo podemos hacer. 

Se quitó la gorra de plato y cerro la puerta.  Luego se quitó los pantalones y los calzoncillos  y se sentó en la litera atrayendo a mi esposa hacía sí;  buscó su hermosa boca mordiendo, chupando aquellos labios , metiendole la lengua , mientras ella lo que percibía es una sensación desagradable acompañada del picor que le producía aquel bigotillo ridículo. Sus manos amasaban, apretaban con furia, sus nalgas y sus muslos . Cada vez más excitado, se afanaba intentando encerrar en sus huesudas manos aquellos turgentes senos, y los  apretaba lastimando a mi pobre mujer que,  ahogada,  solo decía:

- Por favor, ya basta.

- ¡Que tetas tienes putona¡  ¡Que buena estás¡  No te voy dejar hasta que no te halla dado una buena follada.

El Tipo se restregaba su verga contra los muslos y nalgas, sintiendo la caricia de aquella piel suave, mientras la seguía besuqueando y mordiendo. Al Cabrón después de un  rato se le puso dura.  Luego le metío la mano entre las piernas y le hurgó en el chocho. 

-  Lo  tienes lleno de leche ¡so puta¡  Habrá que buscar otro camino.

Obligó a mi mujer a tumbarse en la litera boca abajo y comenzó a hurgarle el agujero del culo con el dedo. Ella musitaba con desesperación:

- Eso no, por dios, no me haga eso.

- ¡Calla¡ Es lo que te mereces por guarra.

Apoyó la punta de su verga y comenzó a empujar. Mi esposa se aferraba a la litera  clavando sus uñas y ahogando su grito de dolor. Cuando su polla había entrado totalmente comenzó a moverse y para sujetarla, una vez más el pervertido  buscó su tetas y se las apretó con furia:

- Si no te estás quieta te rompo el culo y las tetas, perra.

A medida que el culo de mi mujer dilataba el tipo la bombeaba hasta agitarse como un poseso. Balbuceba palabras groseras , sin duda llevado por el gran placer que sentía al disfrutar del culo y las tetas de mi  hembra  a la que también le devoraba el cuello.

Finalmente se vino dejándole el culo llenito de su leche.

Cuando el tipo se marcho entraron de nuevo los chicos. Al verla echa un ovillo sobre la litera  imaginaron que se la había follado aunque no como.  Ellos se tumbaron a dormir  y durante todo el resto del viaje, cuando uno se despertaba y le apetecía se iba a por mi mujer y se la metía. 

Pero antes la tenían un buen rato chupándoles la polla hasta que se le ponía dura. Fue un espectáculo asqueroso para mi observar como mi esposa chupaba con sus hermosos labios el glande de sus pollas y luego engullía toda su barra de carne  durante interminables ratos.

Pasamos unos dias bastante jodidos los dos.  Al final yo decidi  aprovechame  de la situación;  haciendola sentir culpable por lo de la pulsera,  la obligue a que me la chupara cada vez que haciamos el amor – antes lo hacia raramente –,  y a que  se dejara de vez en cuando dar por el culo. Ademas le hice vender la pulsera no fuera que el cabron del vecino volviera a las andadas.

Autor: molinos


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