Aquel día, me sentía realmente contenta. Después de la jornada de trabajo, me iría con mi marido a unas vacaciones que me había regalado mi jefe, según él, por el buen rendimiento que había desarrollado en el último año.
Para que ningún compañero se molestase, me pidió que solicitase un permiso sin sueldo, que él, antes de marcharme me reintegraría con creces, además del regalo de unas vacaciones con todos los gastos pagados al Caribe.
Ese día, la mañana se desarrolló de manera normal, sólo con una sonrisa añadida en mi cara y en mis enormes ojos azules, por la proximidad de mi descanso y de mi premio.
Por la tarde, yo me quedé en la oficina para terminar algunas cosillas y preparar una reunión, que me solicitó Luis, el director.
Poco antes de las 4 de la tarde, llegaron tres personas, el señor José Angel, uno de los socios de la empresa, su hijo Marcos, amigo y compañero de clase mi hijo Carlos, y por supuesto, el director, mi jefe directo, y quien me había regalado esas ansiadas vacaciones.
Los tres hombres se metieron en la sala de juntas. A los pocos minutos me llamaron. Habían abierto una botella de champán y me invitaron a brindar con ellos.
La sala de juntas de la empresa era enorme, tenía una mesa grande, de reuniones, para al menos diez personas, y luego, en un apartado, una mesa baja, que bordeaban dos sofás, también, preparados para albergar varias personas.
Mientras decía esto, me entregó una copa de champán, y procedimos a brindar.
Observé la el móvil que llevaba el chico, sin duda el regalo de cumpleaños que el padre le había hecho. No se sabía si era un teléfono con cámara de fotos, o una cámara de fotos con teléfono incorporado. En cualquier caso, sería un regalo muy caro.
José Angel me llevó de nuevo a la realidad, continuando la conversación.
Tomé media copa, e hice intención de salir, pero de nuevo José Angel, me dijo que debía apurarla. Aunque no me gusta demasiado el champán, por no ofender a una persona importante dentro de la empresa, bebí el resto de la copa hasta apurarla, y regresé a mi mesa, situada junto al despacho de mi jefe.
Por mi trabajo, solía ir bien vestida. Ese día, una falda bordeando las rodillas, y una camisa blanca. Mi aspecto, modestia a parte, es excepcional. Soy rubia, tengo un abundante pecho, y aunque no soy demasiado alta, los hombres siguen mirándome cuando camino alrededor de ellos.
También diré que soy una mujer fiel, desde que comencé a salir con Arturo, mi marido, hacía ya veintidós años, no volví a tontear con ningún chico, y la verdad, es que no me han faltado oportunidades.
A los pocos momentos de estar sentada noté como si mis músculos flojeaban. No sabía muy bien que estaba pasando, pero sentía que mi cuerpo se paralizaba.
No podía sostener el cuerpo, y terminé con la cabeza encima de la mesa. Miraba mis dedos, y la verdad es que acertaba a moverlos, ligeramente. Era como si mis fuerzas se hubieran reducido al uno por ciento.
Estaba muy asustada, pensando en que pudiera haberme dado una parálisis. Intenté gritar, para avisar a los hombres que se encontraban en la sala de juntas, pero no podía articular palabra, tan sólo ligeros sonidos ininteligibles.
Oí que se abría la puerta y los pasos se acercaron a donde yo estaba.
Me encontraba con la cabeza caída sobre la mesa. Mis músculos no respondían.
Me echaron hacia atrás en la silla, y no tuvieron problema en arrastrarme con las ruedas hasta la sala de juntas. Cuando llegaron allí, entre los tres me colocaron en la pequeña mesa que se encontraba junto a los sillones.
No sabía muy bien de que hablaban, aunque pronto me iba a dar cuenta de lo que aquellos canallas se proponían conmigo.
Yo me encontraba tumbada en la mesa, e intenté escupir a Luis mientras me hablaba, pero sólo conseguí acumular un poco de saliva en mis labios.
Luis sacó un pañuelo, y secó mis labios.
Dejaron mis brazos hacia atrás. Sólo, con su propio peso, era incapaz de echarlos para adelante, e intentar defenderme, pero no podía moverlos.
Marcos comenzó a desabotonar mi blusa. Me la sacó del entalle que llevaba en la falda. Los otros dos hombres me incorporaron para que pudiera sacarla por mis brazos, dejando a su vista mi sujetador.
De inmediato, comenzó a tocar mis muslos, buscando el cierre de mi falda, que no tardó en encontrar.
Me encontraba con un pequeño tanga, y un sujetador. En esos momentos, toda mi indignación pasó a convertirse en vergüenza, al ver, los comentarios de Marcos.
Intenté por todos los medios moverme, cerrar los brazos, pero no podía, no tenía nada que hacer. Me cogieron por mis antebrazos, mientras el chico desabrochó el sujetador. Primero uno con el brazo izquierdo, y después con el derecho, sacaron las gomas que lo sotenían, dejando a la vista mis pechos.
Los comentarios, me molestaban tanto o más que estuvieran abusando de mi a través de una droga que me paralizaba.
Tiró de forma rápida de mis bragas y me dejó totalmente desnuda.
Marcos tenía toda la jugada pensada.
Estaba a disposición de tres hombres. Mi sexo, totalmente depilado, a excepción de una línea de pelo que subía por encima. Mi coño se encontraba muy abierto, y aunque podía ver y sentir todo, no podía articular movimiento.
En ese momento vino a mi mente una película que mi marido me enseñó una vez, en el que una mujer era sujetada y abusada. Yo no estaba atada, pero si para los efectos era lo mismo, totalmente abierta y sin poder hacer nada para que no me tomasen.
Vi como me fotografiaba por todos lados, oía los clicks de la cámara hasta que su padrel le indicó que pasara a la acción, que no habían montado todo esto sólo para que me viera desnuda y sacarme unas fotografías.
Marcos se quitó la ropa y se acercó a mi. Notaba su aliento. Comenzó a besarme en los labios. Después fue a mis pechos y su lengua caminó por mis pezones, que fruto del nerviosismo y de la tensión a la que estaba siendo sometida se encontraban de punta. Su boca recorrió mi cuerpo hasta llegar a mi sexo. Jugó con mi clítolis, lo mordió, lo lamió.
Sus manos comenzaron a acariciar mis piernas, mis muslos, hasta llegar a mi coño, que se encontraba totalmente abierto. Aunque no estaba lubricada, no le costó ningún trabajo meter primero un dedo y luego dos dentro de mi vagina.
Continuó colocándose encima mía, también sobre la mesa. Intentaba meter su lengua en mi boca. Yo la mantenía cerrada, pero le bastó con taparme la nariz para que tuviera que entreabrirla, momento que aprovechó para que su lengua llegase hasta mi garganta.
Su pene rozaba mi sexo. Sus manos, tocaban mis pechos. Siguió jugando con su polla, que a veces hacía intención de entrar dentro de mi, hasta que en una de sus envestidas la sentí dentro.
Lloraba en silencio, no podía contener mis lágrimas. Me sentía sucia, pero sobre todo humillada. Nunca me había gustado Marcos como amigo de mi hijo, pero jamás pensé que pudiera llegar a violarme de esta manera.
Marcos se levantó, no se había llegado a correr todavía, y dejó su lugar a Luis.
Comenzó a tocarme la cara, bajó hasta los pechos donde se entretuvo acariciándolos con sus manos, bajó por mi estómago, mis caderas, mis muslos............... hasta que al final, con una de sus manos alcanzó mi coño.
De nuevo volvió a colocarse encima mío. Besaba mi cuello, jugaba con mis pechos, y comenzó a mover su pene junto a mi sexo. Enseguida lo introdujo dentro, pero a diferencia de la vez anterior, ahora se afanaba por meter su miembro lo más dentro posible, y notaba como su polla iba creciendo a ritmos agigantados, al igual que sus jadeos y sus besos.
Sabía que se correría en breves momentos. Mi humillación era total, abierta, expuesta y sometida ante dos hombres poderosos y a un muchacho que podía ser mi hijo, y que era uno de los mejores amigos de él. Cuando se incorporó, tomó de nuevo la cámara de su teléfono móvil para hacerme unas fotos, sin duda, de su última adquisición, o tal vez, mejor dicho, el último capricho que le concedía su padre.
Habría sido sencillo, sólo con la mitad de mi fuerza, haberle dado una bofetada y haberle tirado al suelo, pero no la tenía, no podía moverme, y ellos, tampoco habían empleado la violencia, sólo me habían drogado, para que manteniendo mi consciencia, mi cuerpo no pudiera responder a sus abusos, pero que mi mente si pudiera vivir el sometimiento.
Marcos se había corrido dentro de mi, y pensé que mi tortura había terminado, pero nada más lejos de la realidad.
Los dos hombres me colocaron como Marcos había dicho, mis tetas se apoyaban en la mesa y temí lo peor. Iba a ser sodomizada, algo que tan sólo una vez había probado, ante la insistencia de mi marido, y que juré que jamás repetiría.
Luis aprovechó el momento para acariciarme por atrás, mi pelo, mi espalda, mi culo...............
De nuevo Marcos, quiso quedarse con unas instantáneas de la situación, enfocando mi culo, mi espalda, mi lado trasero, con su cámara.
Marcos se colocó de rodillas. Noté su pene, que de nuevo volvía a estar rígido. Intenté gritar, pero no creo que lograse pronunciar más que un gemido. Aunque perforó mi ano de forma lenta, el dolor fue terrible, aunque ninguno llegó a enterarse de mi sufrimiento físico.
El muchacho comenzó a perforarme de forma cada vez más rápida, Notaba que mi esfinter se dilataba, al igual que su polla. Afortunadamente, no tenía mucho aguante, y en breve noté que un cálido líquido invadía mi trasero, a la vez que su miembro se desinflaba.
Yo negaba con mi mente, porque la cabeza no respondía.. Por favor, dejadme pensaba, gritaba en mi cabeza que terminasen.
Ahora fue José Ángel quien dio las órdenes a los demás para que me colocasen a su gusto. Pidió a sus dos compañeros de juerga que me colocasen encima de la mesa de reuniones, con el cuerpo hacia abajo, y la cabeza un poco por fuera.
El directivo se bajó los pantalones y sacó su miembro que colocó junto a mis labios. Afortunadamente, no podía abrirlos pero eso no fue excusa, puesto que por las bravas, separó mis labios y me la introdujo hasta la garganta.
Me tenía fuertemente agarrada por el pelo, y con sus movimientos le estaba haciendo una felación en toda regla. En este caso no era como su hijo, aunque su polla era también enorme, aguantaba mucho más, hasta que por fin se corrió en mi boca.
Quería escupir, expulsar su semen, pero mi cuerpo no me respondía y sólo pude, después de varios intentos, tragarme toda su leche al interior de mi cuerpo, algo que me daba un tremendo asco, y ni tan siquiera lo hacía con mi marido.
Entre los tres, me dieron la vuelta en la mesa, y me colocaron mirando al techo. Mis manos la extendió José Ángel hacia atrás, mientras que el propio Luis separaba mis piernas para follarme.
Marcos cumplió con su cometido de fotografiarme. Se acercaba para sacar la escena de mis brazos hacia atrás, mis piernas separadas, mi coño totalmente abierto y la polla de Luis dentro de mi.
También Luis se contuvo, calculo que estaría jugando conmigo más de quince minutos, disfrutando cada poro de mi cuerpo hasta que de nuevo, un chorro de semen dio por finalizado el capítulo, en este caso de Luis.
De nuevo, los dos hombres se pusieron a disposición del muchacho. Marcos fue dándoles órdenes.
Después ordenó otra posición.
No les oía lo que decían, pero a los pocos segundos vi que tenían mi ropa junto a mi. Pensé que ya terminaría mi suplicio, pero cuando me colocaron el sujteador y el tanga, vi que estos estaban rotos.
Me pusieron el sujetador, pero habían cortado la tela de los cazos, por lo que mis pechos quedaban al descubierto. Con el tanga pasó lo mismo, si ya era pequeño, ahora le habían quitado la mayor parte de la tela delantera.
De nuevo dio la orden de volverme a colocar en el sofá, piernas abiertas y brazos caídos, y los dos obedecieron al anfitrión. De vez en cuando, colocaban mis manos junto a mis pechos y coño, para que pareciera que me tocaba.
Cuando se cansaron, volvieron a dejarme totalmente desnuda.
Ahora me pusieron la blusa, eso si, sin abrochárla, para que pudiera fotografiarme a gusto. Me colocaban las manos de forma sugerente, siempre dejando ver mis senos y mi sexo.
Me colocaron la falda, y cerraron uno de los botones de mi camisa para que pudieran subir la falda hasta arriba, dejándola levantada, pillada con el botón y eso si, siempre enseñando mi coño. Mi cabeza, afortunadamente, aparecía agachada, puesto que no podía aguantarla, aunque a veces, me colocaban algún dedo próximo a mi vagina, simulando una masturbación. Otras veces me tumbaban un poco más para poder fotografiar mi cara. No siempre llegaba a mantener los ojos cerrados.
No sé, pudieron hacerme cientos de fotografías, todas ellas dignas de la revista más erótica del mercado.
Ahora si, me colocaron mi maltrecho sujetador, y de la mejor forma que sabían me volvieron a vestir, dejándome tumbada en el sofá.
A los pocos minutos, mi cuerpo empezó a reaccionar. Lloraba desconsoladamente, y sólo quería tranquilizarme un poco para tomar las medidas correspondientes.
Según me tranquilizaba, me daba cuenta que no podría denunciar la situación, aunque tampoco podría volver a desempeñar mi puesto de trabajo, y ver la cara a los hombres que habían abusado de mi.
Ahora, estaba en sus manos, y con las fotos, no podía saber lo que podría pasar más adelante.