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2008-01-30 18:32:34
Como el fuego de la noche, ese que trashuma en los ojos de las novias ansiosas, se presentaba mi noche, la de bodas y desenfreno con aquella enervante mujer que apenas hace dos meses había conocido. Cierto que desde el principio el sexo fue uno de los mayores atractivos de esa relación: sin dudar puedo afirmar que me enganchó a decidir a dar ese paso intrépido, desesperado y antes no deseado: el matrimonio. Si era importante para ella, si quería unir su vida por ese medio, yo no tenía más que aceptarlo y desearlo. Realmente estaba enamorado y dicen que eso pasa una sola vez en la vida.

Dos mujeres, un viaje de bodas

Como el fuego de la noche, ese que trashuma en los ojos de las novias ansiosas, se presentaba mi noche, la de bodas y desenfreno con aquella enervante mujer que apenas hace dos meses había conocido. Cierto que desde el principio el sexo fue uno de los mayores atractivos de esa relación: sin dudar puedo afirmar que me enganchó a decidir a dar ese paso intrépido, desesperado y antes no deseado: el matrimonio. Si era importante para ella, si quería unir su vida por ese medio, yo no tenía más que aceptarlo y desearlo. Realmente estaba enamorado y dicen que eso pasa una sola vez en la vida.

Miriam tenía la medida del amor en sus manos, siempre supo lo que quería, y el desafortunado accidente de mi equipaje en ese viaje me lo demostró. El sueño de mi vida fue visitar Buenos Aires; hacerlo con la mujer que amaba lo hizo mágico. No soy un aficionado a las bodas, pero quejarme de la mía sería ingrato. Poco después, la salida al aeropuerto mitigó la tensión. Miriam llevaba una cantidad de equipaje inmensa, nunca entendí para qué serviría tanta ropa. El tiempo y las circunstancias le darían la razón.

El vuelo de México a Buenos Aires fue tortuoso. Pero el verdadero vía crucis lo viví en la llegada, al descubrir que mis dos maletas se habían perdido en otro vuelo, a Río de Janeiro, y que no tendría manera de recuperarlas sino hasta dentro de tres meses, según disposiciones y trámites de la aerolínea. Todos mis documentos, tarjetas e incluso cheques de viajero quedaron perdidos. Sólo contábamos con lo que Miriam había dispuesto y de ahí ella comenzó a decidir.

-No te preocupes amor, algo se nos ocurrirá.

-Pero ni siquiera podremos regresar así Miriam, no tienes el dinero suficiente y yo no sé que hacer.

Esbocé triangular llamadas, contactar conocidos, pero en Argentina no conocía sino una vieja maestra, que además vivía en Mendoza y que no tenía nada para ofrecerme. La solución tardaría semanas en llegar.

Fue cuando Miriam salió a mi rescate con una idea poco ortodoxa, pero que, debo confesar, no me disgustaba del todo.

-Mira, en lo que te llega un giro, podemos pasárnosla bien, tengo lo suficiente para pagar un hotel de unas pocas estrellas y no necesitamos nada más.

-¿Y mi ropa? No puedo estar desnudo ni con esto que traigo puesto durante un mes.

Ella sonrió sin decir nada.

-¿Qué te causa gracia?

-No es nada, pero yo tengo mucha ropa, traje cinco maletas con kilos de ropa, sabes que es mi manía...

-¿Y eso de qué me sirve?

-Yo creo que somos de la misma talla...

Miriam me proponía usar su ropa, pasar de marido a amiga y eso le divertía mucho. Por otro lado, yo, admirador vetusto de la ropa de mujer, era un viejo lobo del mar en las cuestiones del travestismo, que durante mis noches solitarias aún viviendo con mi madre, practiqué con fruición e incluso con cierto nivel. Nada era demasiado y poco a poco, mientras avanzaba en edad, mi nivel también lo fue haciendo. Con el tiempo dejé un poco en el olvido estas aficiones, aunque nunca las enterré.

Mi mujer no sabía nada, pero su propuesta me hizo dudar. Sin embargo, este era el mundo real. Ya no se trataba de fantasías, ni de elucubraciones nocturnas: era una propuesta para vivir como mujer durante dos semanas, dejar mi papel de marido y jugar uno más emocionante, imposible y riesgoso: ser su amiga, su amante, su compañera de viaje.

Una duda razonable, una confianza inexacta, fue lo que me hizo, luego de casi dos días de deliberación, aceptar la excitante propuesta de Miriam. Sus ojos me lo pedían, ardían e invitaban. Supe desde ese momento que ella deseaba algo más que un marido y supe, igualmente, que yo podría ser esa quimera: ni hombre ni mujer, sino la mejor de sus fantasías.

El trato me pareció finalmente justo y ella comenzó con habilidad. Efectivamente, nos hospedamos en un hotel modesto, pero de buen nivel, en el que Miriam se aseguró podríamos ser algo más que huéspedes. Las cinco maletas que llevaba parecían estar pensadas para esta vicisitud, y pronto lo comprobé.

Mi transformación no fue nada complicada. Mi cuerpo delgado se prestó con facilidad a todas las tallas que me ofreció, mi cabello era largo y eso lo aprovechó, realizando un lindo peinado que al final fue muy convincente. Faldas, pantalones, vestidos, hermosísimas blusas, medias, zapatillas, y lo mejor de todo, un arsenal de lencería, en su mayoría de encaje, fue puesto a mi disposición. Luego de un baño hidratante y una depilación exhaustiva, con lo que mi piel quedó fresca y lozana, procedí a pintarme las uñas mientras Miriam salió al lobby. Para cuando llegó, se sorprendió de mi habilidad para escoger el color y pintarme, mi práctica se hizo evidente.

Llegado el momento, mientras se esmeraba en mi arreglo, aplicando un arco iris de sombras en mis párpados, un rosáceo rouge y un tono de rojo mate en mis labios, le confesé que esto no era nuevo para mí, que lo hice muchas veces antes y que esto era como una fantasía.

-Ya lo sabía —respondió con picardía mientras afilaba con una barra de corrector las facciones de mi nariz— y esperaba comprobarlo con mis propios ojos.

No me sorprendió mucho su respuesta, a estas alturas, después de olvidar mi ropa, mi noche de bodas, y hasta mi esencia masculina, con un fino perfume sobre mi piel, con senos turgentes aprisionados por un sedoso sostén, con una finísima tanga y un lindo vestido, solo quería recorrer las calles de Buenos Aires, tan lejano y cercano, enfundado en mis impasibles tacones, con una bolsa de mano y caminando con mi flamante esposa, amiga, compañera y amante...

Con un beso profundo, aunque cuidadoso para no correr la obra de arte de nuestras bocas (ella estaba también impresionante, con un vestido blanco escotado que abrazaba su cuerpo con dulzura y lujuria, todo a un tiempo), le susurré con cariño, al desenredar mi lengua de la suya: "me llamo Ana Karen amor, y si tu quieres podemos ser todo lo que siempre has deseado".

Un fulgor luciferino se encendió en sus ojos y me confesó una antigua afición por las mujeres, la cual nunca suprimió su gusto por los hombres. El encanto que encontró en mi fragilidad, que adivinó femenina, junto a mi esencia de hombre, la hizo abrigar la esperanza de que podría lograr un cambio en su flamante esposo, convertirlo en una esposa y jugar en la mente y en los cuerpos, la metamorfosis fantástica.

Pronto comenzamos a hacer el amor. Mi noche nupcial no fue lo que imaginé, incluso creo que de haber podido hacerlo, ella me hubiese preñado a mí. Con sus manos y su lengua me demostró que las caricias también pueden hacer llegar al éxtasis. Comenzando con mi espalda, tocando con suavidad mi costado y rozando apenas mis pezones, me hizo sentir, como por arte de magia, como una mujer. Yo me dejé hacer, los dedos expertos de mi amante se deslizaron hacia mis piernas, en una caricias prolongada y táctil, rozando mis muslos y pantorrillas, cubiertos por las medias, suaves y sensuales.

Luego de un interludio largo y extasiante, sus manos recorrieron mi piel desnuda, se posaron en mis nalgas y buscaron el orificio que casi goteaba de placer, me sentía lubricada y plena, con la confianza completa de haber nacido mujer. Yo respondía a sus estímulos con besos apasionados y gemidos ansiosos, caricias tímidas que imitaban las de ella, que definitivamente llevaba el mando del asunto.

En un santiamén dos de sus dedos exploraron mi cavidad, haciéndome llegar a un extremo que nunca imaginé. Gemía como gata y cada movimiento sagaz de su mano era fuente de más y más excitación.

-¡Tómame mi vida, házmelo por favor, siempre deseé esto! —grité con fuerza...

-Anita, mi amor —respondió— te juro que después de este viaje nunca dejarás de ser mi niña linda.

Y la penetración, con sus suaves dedos, me hizo llegar al mejor de los orgasmos. Ella así lo quiso, me dio placer y me trató como a una dama. Después de haber recibido esa lección, yo estaba más que compenetrada en mi papel y no pensaba dejarlo. Dándome un poco de tiempo, mientras fumaba un cigarrillo, me pidió apresurar mi arreglo porque esta noche era larga y aún tenía que dar a conocer al mundo quien era Ana Karen. Yo asentí con la cabeza, mientras la miraba con deseo, gesto que me devolvió en la forma de un húmedo y sensual beso.

Ana Karen salió a la carga, dispuesta a ir de farra con su amiga y amante Miriam, de la que esperaba y deseaba todo.

Autor: Ana Karen


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