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2008-02-29 01:28:26
Tenía 15 años cuando llegué al nuevo colegio a cursar el cuarto de secundaria. Era nueva y nadie sabía aun nada de mi. Yo tampoco sabía nada de ellos. Eran solo un bullicioso grupo de muchachos que preparaban una ceremonia de inicio de clases cuyas características eran hasta entonces para mi un misterio. Yo hurgaba entre el alboroto perdida entre mis fantasías sobre el cuerpo que más me gustara. Por supuesto miraba la parte de la entrepierna de los que me gustaban, como queriendo descubrir un asomo de erección y pensando que aquella se debía a mi presencia.
Tenía 15 años cuando llegué al nuevo colegio a cursar el cuarto de secundaria. Era nueva y nadie sabía aun nada de mi. Yo tampoco sabía nada de ellos. Eran solo un bullicioso grupo de muchachos que preparaban una ceremonia de inicio de clases cuyas características eran hasta entonces para mi un misterio. Yo hurgaba entre el alboroto perdida entre mis fantasías sobre el cuerpo que más me gustara. Por supuesto miraba la parte de la entrepierna de los que me gustaban, como queriendo descubrir un asomo de erección y pensando que aquella se debía a mi presencia.

No tardé mucho en descubrir de qué se trataba la ceremonia. Mis compañeros estaban a punto de elegir al pene más grande de la clase. Dos muchachos fornidos alardeaban de ser los mejor dotados. Uno de ellos había vencido el año pasado y el otro pretendía arrebatarle el título de campeón. Los demás reconocían que no podían competir.

Alguien dijo que de acuerdo a la costumbre uno de los nuevos sería el encargado de tomar una regla, medir ambas vergas y declarar al vencedor. Yo era uno de los tres nuevos e ignoraba como elegirían entre nosotros a quien haría de juez del concurso.

"El que la tenga más chica de los tres", dijo alguien. Y nos hicieron pasar adelante y mostrar nuestros respectivos genitales. Con mucho miedo, dejé que pasaran primero los otros dos, y antes de mostrar el mío, el salón tuvo que rendirse a la contundencia de que el primero de los nuevos estaba en condiciones de competir no por el más pequeño sino por el más grande. Todavía sin herguirse completamente, era espectacularmente gigantesco. Una vez descartado él del papel de juez, quedamos solo dos. El miedo se me había quitado ante la contemplación de la enorme verga de mi compañero y experimenté una erección, pero aun asi, mi penecito no llega a los 3 cms. Yo sería la juez, pero hasta entonces nadie sospechaba que dentro de mí había una mujercita excitadísima por el interesante juego.

Los tres penes más grandes de la clase estaban frente a mí, esperando que yo me acercara con la regla y coronara al ganador. Nunca había visto algo así en mi vida. Tres inmensas vergas esperando por mí. Fingí no interesarme más que en la tarea encomendada y traté de no tocar nada con mis manos. La regla era grande y yo la tomé de un extremo, de modo que no era necesario que mis manos estuvieran cerca de esa inquietante tentación. Triple empate. Las tres medían cerca de 30 cms. Y los tres reclamaban una medida más exacta, que me obligaba a usar mis manos para juntar las estupendas pingas contra la regla.

Fingiendo hacerlo contra mi voluntad, toqué aquellas moles de carne, sentí su calor, su dureza y un impulso que las levantaba más al contacto con mi mano. Por primera vez en mi vida el sexo de un hombre se conmocionaba ante el roce de una parte de mi cuerpo. Y no pude evitar un delicado gesto femenino cuando anuncié que el empate continuaba. Esta actitud (y seguramente también el tamañito de mi pene) hizo que todo el salón lanzara un grito de sorpresa y me aplaudiera. Alguien dijo que entonces se corone al ganador midiendo el grosor. Con esa nueva regla, era evidente que el ganador sería Edgar, quien a su descomunal longitud sumaba un grosor muy apetitoso. Aun asi, me exigieron que yo establezca el más grueso no con la vista sino con mis manos.

Para hacer la medida más interesante empecé por el más delgado. Juntando mi dedo mayor con mi pulgar pude cerrarlo con las justas. No pude hacer lo mismo con el imponente miembro de Edgar, asi que quedó claro quien era el ganador.

La segunda parte de la ceremonia era una sorpresa. Ya que mi feminidad había quedado descubierta, me dijeron que debía anunciar al ganador completamente vestida de mujercita. Debía llevar toda la vestimenta al día siguiente. Y eso era un problema porque hasta entonces yo no tenía ropa de mujer y solo usaba a escondidas la de mi
hermana. Prometí hacer todo lo posible por sacar algo sin que ella se diera cuenta.

Saliendo del colegio, gaste mi propina en comprar medias, ropa interior y un par de zapatos que me probé con el pretexto de que mi hermana tenía mi misma talla y quería hacerle un regalo. Por la noche le sustraje a mi hermana un lindo vestido verde que me llegaba hasta la rodilla y que ella no usaba nunca. Al dia siguente escondi todo en mi maletín y tomé el bus para llegar al colegio. Allí también me esperaba una sorpresa. En medio del bus completamente lleno, sentí detrás mío la inconfundible forma de una verga enorme que tocaba mis nalgas. Al voltear la cabeza, vi a Edgar, quien me susurró al oido que si había cumplido con traer la ropa. Hice señas que sí con la cabeza y me encantó ese gesto de sumisión al agacharme. Me quedé con la cabeza hacia abajo mientras él seguía moviéndose tratando de colocar su miembro entre mis nalgas. Nos mantuvimos así por un buen rato, yo empujando disimuladamente mi trasero hacia atrás y él su verga hacia adelante.

Al llegar al colegio, me sentía una mujer por completo. Me habría gustado vestirme inmediatamente y exhibirme ante todos en el patio, pero me contuve y esperé la ceremonia privada de mi salón, convencida de que pasaría la experiencia mas deliciosa de mi vida.

La ceremonia se realizaría a la hora del recreo y cuando todos salieran, yo debía vestirme pudorosamente fuera de las miradas indiscretas de los demás.

Llegado el momento, me arreglé lo mejor que pude y me ubiqué en el sitio del profesor. Crucé las piernas, y así me encontraron todos cuando regresaron. Con mi vestido, mis medias que acentuaban las femeninas formas de mis piernas y mi expresión de felicidad por ser la unica chica en medio de tantos hombres.

A partir de ese momento, todo fue deliciosamente hermoso. La coronación consistía en que yo debía acariciar la verga ganadora. Se me informó que de acuerdo a la tradición yo estaba en libertad de de chuparla o no. Podía hacer lo que más quisiera con ella, inclusive permitirle penetrarme.

Rápidamente, dos "chicas" como yo se cambiaron de ropa. Eran las que el año pasado estaban en mi lugar y harían el papel de mis madrinas en mi iniciación. Corrijieron hábilmente los errores en mi maquillaje y me pusieron una hermosa peluca rubia. Luego pusieron un espejo frente a mí y me informaron que no podrían coronar un rey sin una reyna y que ella sería yo. En verdad, el rito era para descubrir "chicas" como yo entre los nuevos alumnos.

Me vi a mí misma como un auténtica mujer. Estaba linda y acompañada por dos colegas que me ayudarían.

Edgar me tomó por atrás, sujetándome firmemente, y como lo había hecho en el bus besó mi cuello. Casi instintivamente yo saqué mi trasero haciendo más fuerte el contacto con su miembro. Luego levantó mi vestido y bajó mi calzón. El contacto se hizo carne contra carne. Una cosa caliente me transportó a las estrellas y sentí la obligación de saborear eso en mi boca. Mi trasero perdió la temperatura que el miembro de Edgar le había puesto, pero mi boca saboreó sus jugos.

El papel de mis madrinas lo conocí luego de unos segundos, cuando nuevamente una por una calentó mis entrañas con una penetración deliciosa y delicada, pues sus miembros era casi tan pequeños como el mío. Mi culito acababa de ser inaugurado y preparado para una penetración más completa y violenta.

Ninguna de ellas me produjo dolor, pues ya había conocido dentro de mi los pepinos y las zanahorias y mi conducto anal, pero igual grité para excitar a Edgar. Mis gritos fingidos hicieron que el miembro de Edgar se levantara aun mas y que yo lo chupara con mayor fuerza.

El momento de la gloria total llegó con la primera invasión de Edgar en mis entrañas. Ensanchó mi culito hacia un diámetro que jamás había conocido, y aun con el lubricante que me colocó previamente y sus viscosos jugos, el dolor fue muy intenso. Pero al cabo de unos minutos, el dolor dejó su lugar al placer, aunque también el momento de dolor fue agradable. Me encantó que mi dolor le produjera placer. Me sentí la fuente de su gozo, el cuerpo que lo sirviera.

Yo, la mujer, con mis medias desarregladas, con mi vestido arrugado, mi maquillaje mezclado con el semen que brotó luego con la posterior mamada a la que me obligó luego de la brutal penetración. Esa fui yo, contenta para siempre, penetrada, destrozada, rota hasta el cansancio de su pene y femenina como ninguna, camino ahora hacia la oficina del director de la mano del profesor que nos descubrió al final de la ceremonia.

Autor: Sandra Alicia


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