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2009-10-27 00:18:31
Nancy (mi secretaria) y yo, nos encontrábamos en la ciudad del norte de mi país en donde se desarrollaba el Congreso Nacional de Telefonía y ya habíamos conocido a Miriam. Fue un momento lleno de morbosa emoción.

Miriam era parte de un grupo de bellísimas edecanes que atendía a los asistentes del Congreso y vestía una corta falda color blanco untada al cuerpo, lo que le permitía lucir de manera exquisita sus caderas por su breve cintura, pero en especial sus nalgas, cuya raja se dibujaba a la perfección en esa tela inmaculada que se metía entre sus glúteos. Una blusa blanca escotada al frente dejaba ver buena parte de sus hermosos pechos y su figura remataba con zapatillas blancas de alto tacón.

Su belleza nos dejó boquiabiertos tanto a Nancy como a mí, y les platico un detalle que no les comenté en mi relato anterior "Con mi secretaria y con su amiga".

Miriam caminaba lentamente por los pasillos y era evidente que lo hacía para que todo mundo la viera y se notaba con claridad que buscaba quien la cortejara. Estábamos sentados en la parte de atrás y a la orilla de un pasillo de aquel gran salón donde se llevaba a cabo el congreso, y en el momento que Miriam pasaba lentamente junto a nosotros, Nancy estiró su mano y tomó por el brazo a Miriam.

-Mi reina, le dijo, ¿me puedes ofrecer un refresco?.

-Claro que si, respondió Miriam, en un momento te lo traigo.

Cuando Miriam regresó para entregarle el vaso de refresco, se agachó lo más que pudo para no interferir la vista de las personas que estaban detrás de nosotros. Su rostro quedó muy junto a mí y hasta su cabello rosó suavemente mi cara. ¡MH!...qué aroma tan rico de perfume llegó hasta mi olfato, pero eso fue nada comparado con el sublime espectáculo que me brindó bajo su blusa, al permitir que le viera en su totalidad sus bien formadas tetas, que quedaban a la altura de mi pecho. No usaba sostén.

Disimulé un poco la escena y volteé hacia mi derecha en donde estaba un buen número de hombres de pie recargados en la pared, mirando con lujuria el espléndido trasero de Miriam que apuntaba hacia ellos. Miriam le dejó el vaso de refresco a mi secretaria y sin incorporarse, giró su rostro para quedar junto al mío, separado por escasos centímetros. Sus labios sensuales casi besaban los míos.

-A usted…¿se le ofrece algo?, me preguntó con voz queda y aterciopelada, sintiendo su tibio aliento en mi boca.

-Er…er…por el momento nada, gracias, le dije titubeando.

Deseé prenderme de esos labios rojos que evidentemente se me ofrecían, así como tomar entre mis manos aquel busto tan increíblemente bien formado. Su coquetería era descarada y por supuesto que su picardía fue mayor al agacharse frente a mis ojos para mostrarme su trasero en todo su esplendor hasta la parte baja de sus nalgas, cuando minutos después me ofreció una taza de café fuera del recinto.

Luego de conversar con ella brevemente y presentarle a mi secretaria, Miriam me citó en el lugar donde trabajaba de noche, con el acuerdo previo de que haríamos un trío, lo cual fue excitante para Nancy, sobre todo al saber que la hermosa edecán era mujer con sexo masculino entre sus piernas.

Antes de partir rumbo a la cita más inusual de mi vida, en la farmacia del hotel compré un kit para hacerme un lavado intestinal profundo como Miriam me lo pidió.

-Si te haces ese lavado profundo, es porque Miriam te va a culear, ¿no?. Me comento mi secretaria cuando estábamos en la habitación.

-Yo no tengo esa intención, pero la verdad es que no sé lo que pueda suceder, le respondí. Lo cierto es que de seguro me dará un beso negro y por eso necesito higiene.

-¡Ay, qué emoción!. Si te mete la verga me cuentas cómo la tiene, ¿no?.

-Claro que te contaré todo, le respondí.

Llegué puntual al lugar en donde se hacía llamar YASMÍN. Me dirigí a la barra y el cantinero me pregunto que si quería algo de tomar. Le dije que un whisky con soda, mientras con mi mirada recorría el local donde me encontraba y que el taxista me había dicho que era "algo muy especial".

Comprendí el comentario del taxista porque en las mesas se encontraban sólo gays o travestis acompañados de clientes que iban en busca de lo mismo que yo. Por un momento me sentí avergonzado por encontrarme en un lugar como ese, pues era la primera ocasión que me atrevía a hacerlo, y concluí que la razón poderosa que tenía para ello se llamaba Miriam o Yasmín, que para el caso me daba igual.

-¿Busca a alguien en especial, señor?, me preguntó el bartender.

-Si, busco a Yasmín.

-¡Ah, si!. Me dijo que le llamara en cuanto usted llegara.

-Gracias.

El bartender tomó el teléfono e hizo una llamada.

-Dice Yasmín que en media hora está con usted, me informó el cantinero.

-Muchas gracias. Otro whisky por favor.

Muy a la manera de las mujeres (al menos de deseos y sentimientos), Miriam me hizo esperar casi una hora. Ojalá que valga la pena su impuntualidad pensé y vaya que valió la pena.

La belleza que Miriam había mostrado vestida de edecán era insignificante comparada con la manera espectacular como lucía al momento de hacer su aparición ante mis ojos, como lo hacen las estrellas de esos antros. Lo que yo no sabía, es que Miriam era precisamente la máxima estrella de ese lugar.

Yo estaba sentado en la última silla arrinconada de esas que comúnmente hay en las barras de los bares cuando la ví acercarse sonriente a mi. ¡¡¡¡¡NO LO PODÍA CREER!!!!!!. Mis ojos no daban crédito a la beldad que con paso muy lento y cadencioso se aproximaba. Con un peinado y maquillaje impecables, a escasos dos metros de mí, me dio la espalda y recargó sus codos en la barra para decirle algo al bartender y respingó su trasero para que yo se lo viera.

Le vi hasta la mitad de las nalgas y en su interior un delgado hilo dental de color rojo, cuya parte superior salía por encima de su corta falda. Antes de llegar a mi lugar, se puso ambas manos en la cintura y dio un giro completo de manera muy lenta como lo había hecho en el hotel donde se desarrollaba el congreso. Mis ojos se abrieron más, se me hizo agua la boca y mi virilidad reaccionó, notándose mi erección bajo el pantalón.

Calzaba zapatillas rojas de alto tacón. Vestía una falda más corta que una minifalda dejando ver a la perfección sus gruesas y firmes piernas en toda su extensión, pues no usaba ligueros ni medias. La cortísima falda era de una tela color rojo que brillaba bajo las luces que iluminaban sensualmente el lugar. Al frente apenas le cubría su sexo, pero por detrás dejaba ver casi la mitad de sus apetitosas nalgas, y sus caderas se ensanchaban por su cintura tan estrecha.

Usaba una blusa color plata que también brillaba con las luces. Era tan escotada al frente que se formaba un triángulo incompleto del cuello al centro de sus voluminosos pechos, en donde se abrochaba sólo con dos pequeños botones, uno en cada pezón, que se unían con una delgada cadena al parecer de oro; Los botones en cada pezón permitían que sus grandes y perfectos senos se vieran casi en su totalidad, sobresaliendo sus oscuras aureolas.

A partir de esos dos botones en cada pezón y hacia abajo, la blusa se abría hacia la cintura dejando descubierto la parte inferior de sus tetas, todo su vientre plano y su ombligo. El largo de su diminuta blusa no llegaba ni a la cintura. El espectáculo era abrumador por la esplendida belleza que desbordaba Miriam, y su manera de vestir me provocó más que si hubiera llegado desnuda.

Llegó junto a mi y me saludó con un beso en la mejilla. ¡MMHHHHHH!...nuevamente la fragancia que se desprendía de su piel envolvió mis sentidos. Se sentó y quedó de frente a mí. Se cruzó de piernas y su diminuta falda se le subió hasta las caderas, por lo que sus exquisitas piernas quedaron desnudas por completo. Sus rodillas quedaron entre mis piernas y pidió que le sirvieran lo que yo estaba tomando. Tomó un cigarrillo entre sus dedos y se lo llevó a la boca pidiéndome que se lo encendiera. Echó una bocanada de humo.

-¿Te dejó venir tu compañera?.

-Claro que si, le respondí. Te mandó muchos saludos y se muere por hacer un trío.

-Le regresas mis saludos, me dijo. Desde que los ví entrar al salón de conferencias, ustedes dos me gustaron mucho.

-Pues es mucha suerte que te hayas fijado en nosotros, porque te aseguro que son muchos los que quisieran estar en mi lugar.

-¿De veras lo crees?

-No tengo ninguna duda, le dije. Qué bueno que así sucedió, porque tu nos fascinaste a mi secretaria y a mí. Somos muy cachondos y por lo que veo…tu eres igual.

-jajajajaja. Ya comprobarás si soy cachonda, amor, me dijo chocando su copa contra la mía.

No pude evitar extender mis manos para acariciar de arriba a abajo sus muslos que estaban a mi alcance. Le acaricié hasta las caderas y parte de las nalgas y mi verga terminó de reaccionar. Nuevamente me contuve para no agarrarle y prenderme de sus pechos tan hermosos que se salían de su miniblusa. Esas tetas perfectas que sólo la cirugía es capaz de crear, pero ante tanta belleza…¿eso importa?

Con su mano izquierda ella acarició mi pene sobre la tela del pantalón y se me acercó al oído.

-Creo que ya estás listo, amor. Se me antojó mamártela. ¿Por qué no subimos al cuarto de una vez?

-¡Claro que si!, le dije.

Pagué la cuenta y nos encaminamos al interior y antes de subir una escalera pagué los servicios de Miriam a un tipo que se encontraba tras una pequeña ventanilla.

Ella iba delante de mí subiendo las escaleras, y mi reacción fue poner ambas manos en sus preciosas nalgas como empujándola hacia arriba y tratando de ayudarla a subir cada escalón. Miriam se detuvo descansando su culo entre mis manos y volteó para verme, dibujando en sus labios una sonrisa.

-¿Te gusta mi culo, amor?.

-¡MMMHHH!...me fascina…lo tienes perfecto…como a mi me gusta.

-¿Me vas a dar nalgadas?.

-Si eso te gusta…por supuesto que te daré nalgadas y algo más, le respondí.

-jajajaja…pues de eso se trata. Pero estoy segura que me pedirás que yo también te dé algo más.

-Ya veremos, pero de las nalgadas no me escapo. Yo sabía a lo que se refería.

Entramos al cuarto y mientras Miriam cerraba la puerta la abracé por atrás. Fue un impulso arrebatador; de esos impulsos incontrolables; de esos impulsos sexuales que sólo la lujuria los provocan. Yo sabía que su espectacular cuerpo de hermosa mujer estaba provisto de un sexo masculino y eso hacía que mi morbo creciera.

Era ese morbo el que me había impulsado a satisfacer mi curiosidad y mis fantasías guardadas por probar y sentir tener sexo con un hombre-mujer de la naturaleza de Miriam. Era una aventura inédita para mí muy diferente a la que tuve con Luis, el hermano de mi secretaria, pues Luis era un joven gay pero nada que ver en ningún sentido con Miriam.

Miriam era otra cosa y yo iba decidido y preparado mentalmente para todo. Mi virilidad me lo pedía y sentía un extraño pero delicioso cosquilleo en el ano, al pensar que mi punto "G" podría a ser masajeado por la verga de Miriam que aún no se la conocía. Así lo sentía y así lo deseaba. Yo quería deleitarme de esas mieles sexuales que tanto hacen gozar a muchos varones. No quería pensar en nada más y borré de mi mente todas las inhibiciones

Me saqué el pene y se lo puse por atrás, pero le quedó entre las piernas porque con sus zapatillas de tan alto tacón su estatura era muy superior a la mía. Miriam se agachó para quitárselas y aproveché para bajarle su hilo dental entonces mi verga pudo alojarse entre sus nalgas, al quedar a la altura perfecta.

Metí mis manos bajo su pequeñísima blusa y me apoderé de esas tetas que me habían hecho soñar despierto. ¡Mmmhhh!...¡qué belleza!...qué exquisitas y suaves formas de tetas tenía entre mis manos que no me alcanzaban para aprisionarlas en su totalidad. El roce de sus pezones en las palmas de mis manos fue impresionante.

No sentí ninguna diferencia al tacto al compararlas inconscientemente con unos senos naturales. Por el contrario…los sentí mas firmes. Mi boca se abría para besar y morder su cuello y su nuca mientras mi virilidad hacía esfuerzos inútiles por avanzar en su camino entre sus nalgas. Tenía el chiquito muy apretado y le faltaba lubricante.

La seguía abrazando con fuerza y por el frente de su cuerpo bajé mis manos para acariciar su vientre y mi mano derecha llegó hasta su sexo que lo aprisioné. Estaba erguido y muy duro, además que lo sentí más grueso que el mío. Imaginé lo que podría yo sentir cuando ese falo atravesara mis pliegues anales y temblé de emoción y nerviosismo, pero era algo que también deseaba. Miriam tenía todo para llevarme al más exquisito de los clímax que un hombre sin prejuicios puede aspirar.

-¡Mh, amor!...quítate la ropa y toma un buen baño, me dijo separándose de mí. Te espero en la cama.

Obedecí y cuando llegué a su lecho, Miriam estaba desnuda, acostada boca abajo. Por cierto que se trataba de una cama muy amplia iluminada tenuemente por luces color rosa que caía desde el techo y un gran espejo en la cabecera. Me senté en la orilla y mis manos empezaron a acariciarla desde sus pantorrillas hasta la espalda. Obviamente que mis manos acariciaban con mayor gusto y placer aquellas hermosas nalgas. Miriam separó sus piernas.

Me acosté también boca abajo entre su piernas abiertas y empecé a besarle, lamerle y mordisquearle su anatomía desde sus tobillos y me estacioné cuando llegué a su culo. Con ambas manos le agarré las nalgas y le di varias palmadas primero con suavidad y luego con brusquedad. Miriam lanzaba grititos afeminados de satisfacción.

Le separé los glúteos y metí mi rostro entre ellos para lamerle el agujerito que me moría por penetrar. Un rico aroma y sabor afrutado salía de su ano, pues se había aplicado lubricante que lo sentí dulce y meloso en mi boca. Mi lengua le recorrió su raja en toda su extensión y en su parte baja sentí sus testículos a los que les di unos lengüetazos y volví a subir deteniéndome en su chiquito para darle pequeños mordiscos.

Mi boca hambrienta siguió su recorrido hacia su espalda y mi vientre quedó sobre su esplendido trasero. Miriam giró y me tumbó sobre la cama y quedó boca arriba. Sus maravillosos pechos quedaron a merced de mis manos y mis labios. Me subí en aquel escultural cuerpo y mis manos tomaron sus pechos en toda su extensión y los apreté para que sus pezones sobresalieran y se los pellizqué y mamé como desesperado.

Mi estómago estaba untado en su dura y ardiente verga. Qué sensaciones lujuriosas tan distintas estaba sintiendo al estar encima del cuerpo de una hermosa mujer, que en lugar de un hueco entre sus piernas, tenía un pene más grande y grueso que el mío. Yo era prisionero de un morbo indescriptible que me transportaba a un estado emocional jamás experimentado.

Miriam me tomó por mis mejillas y me jaló con suavidad hacia arriba y llegué hasta su boca. Mi boca abierta hambrienta de deseo de abrió lo más que pudo para prenderse de sus labios y trenzarse en un beso más que apasionado. Nuestras lenguas de juntaban y nuestras salivas se mezclaban.

Para entonces mi pene estaba junto al de Miriam y ambos movíamos las caderas para que se restregaran uno contra otro. Con mi pecho aplastaba sus pechos. Yo estaba hirviendo de lujuria.

Nuestros cuerpos abrazados y sin dejar de besarnos giraron sobre la cama y Miriam quedó encima de mí. Empezó a bajarse untando su piel en la mía y me besó y mamó las tetillas. Me besó y mordisqueó el vientre y el ombligo en donde metió su lengua haciéndola girar. Llegó a mi pene.

Me retorcí de placer al sentir que se lo metió por completo hasta la garganta. Con una mano me masturbaba al tiempo que me mamaba y con la otra me acariciaba y apretujaba los testículos. Me levantó las piernas y mi culo quedó a su disposición. Su lengua se introdujo entre mis nalgas y llegó hasta mi ano que la esperaba ansioso y sentí que su lengua giró en mis pliegues anales y luego me la metió.

Me dio unos mordiscos y sentí dos de sus dedos que empezaban a penetrarme. Tomó algo del lubricante anal que tenía en la cama y me lo untó. Sentí la frescura y la viscosidad del gel que permitió que sus dedos se metieran en mi cuerpo y se prendió de nuevo de mi falo para mamarlo. Mi pene entraba y salía de su boca y sus dedos entraban y salían de mi culo.

-Ya, le dije, quiero meterte la verga.

-Espera amor, me respondió. Quiero dilatarte bien para que estés listo cuando te meta la verga. Pásame el consolador que está bajo tu almohada.

Todo mi cuerpo tembló de emoción y deseo al escuchar sus palabras. Metí la mano bajo la almohada y tomé un consolador que se lo di en su propia mano. Miriam lo accionó para que vibrara y lo metió entre mis nalgas. La cabeza del juguete sexual ya estaba en mi ano y sentí sus exquisitas vibraciones. Bajé las piernas y mientras Miriam se volvía prender de mi falo, empezó a empujar el consolador y poco a poco me lo metió hasta el tope.

Al principio sentí algo de dolor y mi pene quiso experimentar algo de flacidez, pero Miriam no lo permitió pues me mamó con mayor pasión. Pasado el ligero dolor, mi pene se puso de lo más tieso dentro de la boca de Miriam. La pasión me ahogaba. No alcanzaba respiración. Las ricas vibraciones del consolador metido en mis intestinos, aunado a la espectacular mamada, me provocaban un inmenso placer.

Miriam estaba arrodillada entre mis piernas abiertas. Dejó de mamarme y me vio a los ojos esbozando una sonrisa maliciosa. Se deslizó sobre sus rodillas hasta llegar a mi rostro, mostrándome su grueso pene ofreciéndomelo para que se lo mamara, pero yo lo rechacé y sólo lo tomé con una mano para masturbarla un poco.

Se acomodó tras mi cabeza y así arrodillada como estaba, puso una rodilla a cada lado de mi rostro y se agachó hacia adelante para volver a prenderse de mi falo. Ella quería que hiciéramos un 69. Su pene y sus gordos testículos quedaron en mi cara, pero al ver que yo no se la mamaba, me colocó su frondoso trasero en plena cara que se metió entre sus nalgas.

Mi boca se abrió para mamarle y morderle el chiquito. Mi lengua entraba y salía de su ano. Yo estaba a punto de eyacular y Miriam dejó de mamarme y se incorporó para quedar sentada en mi rostro. Yo sentía que me asfixiaba porque no podía respirar al tener en mi boca y nariz metidas por completo en su exquisito culo que lo hacía girar sobre mi rostro. La escuchaba resoplar.

Tomó un condón y me lo colocó. Su trasero se arrastró pegado a mi cuerpo y sentí sus nalgas, su pene y sus huevos caminar sobre mi pecho, sobre mi estómago, sobre mi vientre, hasta llegar a mi verga que esperaba ansiosa el momento de penetrar aquel ano que tanta lujuria me provocaba.

De espaldas a mí, Miriam agarró mi falo y se lo acomodó entre sus hermosas nalgas que yo veía con deleite y se sentó bruscamente para que se le fuera hasta dentro de un solo golpe. Mmmhhhh¡¡¡…finalmente mi deseo se satisfacía, pues la estaba penetrando como yo había deseado desde el momento que la vi por primera vez.

Yo seguía sintiendo en mis intestinos las vibraciones del consolador y ahora también sentía cómo mi pene era estrujado por el culo de Miriam que de nuevo hacía girar sus caderas con mi pene metido en sus entrañas. Yo experimentaba una especial doble penetración anal como nunca la había practicado.

Miriam no permitió que yo acabara de su interior y se bajó de mi cuerpo para quedar nuevamente arrodillada entre mis piernas de frente a mí. De nuevo sus ojos se posaron en los míos y me puso una mano sobre mi cadera dándome un suave empujón invitándome a que me volteara para quedar acostado boca abajo.

El momento de ser penetrado por la gruesa verga de Miriam había llegado. Era un poco más larga pero más gruesa que el consolador que tenía metido, por lo que l@s admirador@s de los falos dirían que Miriam tenía una hermosa verga.

Quedé acostado boca abajo y abrí mis piernas lo más que pude. Ella me colocó una almohada bajo mi vientre para que mi culo quedara respingado, y ahora me tocaba hacer lo que tantas veces he hecho con las mujeres a las que he penetrado por el ano y lo que me sorprendía era que lo estaba haciendo con gran gusto. A eso iba también, aunque no se lo confesé a Nancy.

Cerré los ojos y esperé ansioso el momento cumbre. Ya mi culo estaba lo suficientemente dilatado, listo, deseoso y ansioso por ser penetrado.

Muy pronto Miriam se encargaría de quitarle el cosquilleo que llevaba, que no era otra cosa que el inmenso deseo sexual por sentir un verdadero falo atravesándome y masajeando mi próstata, en lugar de los ya conocidos y sentidos dedos o consoladores. Las cosas serían diferentes, porque una verga verdadera es algo muy diferente a un juguete sexual que tiene esa forma.

Miriam me sacó el consolador y aunque yo no la veía, supe que tomó su verga en una mano y con ella me golpeaba las nalgas en toda su superficie como yo lo he hecho muchas ocasiones. Con su mano libre me dio unas ligeras nalgadas y luego me las dio con mayor fuerza. Yo sentía y escuchaba cómo su pesado y duro pene como el acero golpeaba y rebotaba contra mis glúteos y por un momento temí que me produjera hematomas.

No pronuncié ni una palabra para decirle que me encantaban las nalgadas que me estaba dando y los golpes con su pene, pero parecía que Miriam adivinaba mi pensamiento porque sus manos y su verga se estampaban en mis nalgas cada vez con mayor fuerza. Vivía unos momentos inéditos de lujuria que no puedo describir con palabras, e imaginaba el enrojecimiento de la piel de mi trasero que me ardía deliciosamente.

-Papito, que lindas nalgas tienes, me dijo.

-Pues no tan lindas como las tuyas le dije, pero…

-Pero para ser hombre, las tienes exquisitas, insistió. Tienes un culo para usarlo más seguido. Lo gozarías y harías gozar a quien te penetre.

-Bueno…si fuera gay quizás, pero por lo pronto mi culo es tuyo.

Por un momento, me molesté conmigo mismo por mi proceder pasivo y por pensar en mi loco deseo por ser penetrado debido a mi condición de heterosexual, y me parecía imposible que yo estuviera en esas condiciones entregando mi culo como un homosexual, pero muy pronto borré de mi mente esos prejuicios y mis ideas liberales se impusieron, al recapacitar que ninguna preferencia sexual es mala.

En ese momento yo era bisexual, aunque dicen algun@s enterad@s que el término "bisexual" debe cambiarse por el de "Heterosexual-homosexual", dependiendo del sexo biológico de la persona con la que te relaciones en el momento.

Estaba a punto de pasar a dar el culo, después de ser siempre un cogeculos empedernido, pero estaba gozando el momento como nunca pensé que lo iba a gozar y eso era lo que realmente me importaba. En ese momento no existía nada ni nadie en el mundo más que Miriam y yo. Estaba en el momento preciso, en el lugar justo y con la persona indicada para entregar mi tesoro tan celosamente guardado.

¡YA, MIRIAM, YAAAAAA!. ¡MÉTEME LA VERGA POR FAVOR!, le gritaba con mi pensamiento sin que mis labios pronunciaran palabra alguna, retorciendo mis caderas sobre la almohada que me respingaba el culo. Yo seguí con los ojos cerrados y apretando entre mis manos la sábana que cubría la cama. Me di cuenta que estaba tenso, solté la sábana y aflojé el culo.

Escuché el ruido de una envoltura de un condón cuando se rompe para sacarlo y abrí los ojos para ver a Miriam, que arrodillada entre mis piernas clavó su mirada en la mía reflejada en el espejo de la cabecera de la cama.

Tomé una almohada más y la coloqué bajo mi barbilla para ver aquella belleza en el espejo y pasaron unos breves segundos que me parecieron eternos, mientras Miriam se colocaba el condón. Ahora sí sabría lo que es una verdadera penetración, pero antes tomó más lubricante en tres de sus dedos y los mostró para que los viera reflejados y me los metió.

Por fin sentí su verga que resbalaba entre mis nalgas y su glande llegar a mi culo. Se abrió paso entre mis pliegues anales con algo de dificultad por lo estrecho de mi ano a pesar de haber estado lubricado y dilatado. Miriam me la dejó ensartada unos instantes para que me acostumbrara y luego se dejó caer pesadamente sobre mi trasero para enterrármela hasta el tope.

Todo su cuerpo se derrumbó sobre la parte posterior del mío sintiendo en mi espalda la firmeza de sus lindos pechos, mientras mi culo se abría en su máxima extensión, y mis intestinos eran llenados por aquella hermosa verga que sentía me atravesaba de lado a lado, o al menos así lo sentí cuando su verga me magullaba en lo más profundo de mis entrañas.

Ya la tenía toda adentro. La pelvis de Miriam golpearon mi trasero y sus testículos quedaron en la raja de mis nalgas. Ahora era ella la que me estaba culeando y yo sintiendo que me derretía. Los dos respirábamos con dificultad. Yo sobre la almohada y ella sobre mi nuca que me besaba y mordisqueaba.

Me la sacó toda lentamente y me la dejó ir hasta adentro de nuevo. ¡MMMHHH!, el masaje anal estaba rico y Miriam empezó el mete saca con mayor celeridad. Metió sus manos bajo mi cuerpo y me tomó por los hombros. Yo sentía todo su peso sobre mí.

Su verga entraba y salía de mi culo y me sentía pleno porque estaba haciendo realidad una fantasía abrigada por mucho tiempo con la que tantos hombres sueñan y no se atreven a experimentar, como si fuera un crimen o porque temen convertirse en gay, cuando en realidad ambas cosas son un mito.

De pronto Miriam me la dejó hasta dentro y se quedó quieta. En mi interior sentí que su verga se hinchaba aún más pues también mi chiquito experimentó una mayor abertura.

Sin siquiera tocarme mi pene, empecé a eyacular a borbotones sobre la almohada que tenía bajo el vientre y en mi interior sentía los espasmos de la eyaculación de Miriam que con fuerza aplastaba mi trasero contra la cama, dándome la impresión que deseaba meterse por completo en mi atribulada anatomía. Los dos estábamos acabando al mismo tiempo. Yo tuve lo que algunos llaman un orgasmo anal jamás sentido.

Miriam me la sacó cuidadosamente y se levantó para ir a la regadera, mientras yo me quedé acostado boca abajo por un buen rato, sintiendo ahora un rico dolor en mi ano, en lugar del cosquilleo que minutos tenía.

Miriam regresó y me acarició mis nalgas y como no queriendo me metía y sacaba dos de sus dedos.

  • Este es tu masaje de la noche amor, me dijo. Tu culito se portó muy bien y merece ser premiado con unas caricias. Además insisto en que lo tienes divino.
  • Pues no se qué premio darte a ti, le respondí, porque toda tu te portaste de maravilla.
  • Pero mira…tu verga ya se puso tiesa otra vez, me dijo. Yo creo que tu culo quiere más verga, amor.
  • ¿Tu crees?, le pregunté. ¿no será que mi verga es la que quiere más culo?.
  • No amor, me respondió mientras seguía con sus candentes caricias. Conozco muy bien a los hombres. Les encanta mi culo, pero todos quieren verga también.
  • ¡Mmmhhh!...Miriam…Miriam.

A pesar de mis enormes deseos por gozarla y penetrarla, comprendí que ella tenía razón y sonreí satisfecho dejándola que me siguiera acariciando y ví por el espejo que en su mano tenía su miembro viril muy erguido y a punto de enterrármelo de nuevo.

En esos momentos no pude entender y aún no entiendo, cómo es que los deseos eróticos cambian tan de repente, lo que hacen cambiar también el comportamiento sexual de los seres humanos; lo único que entiendo es que no tiene caso tratar de encontrar explicación a lo inexplicable.

Ya tendría mi nueva oportunidad esa misma noche para penetrar su culo que tanta pasión había despertado en mí y la dejé que me la metiera hasta el tope. En esas singulares condiciones platicamos embriagándonos de sexo puro y nos pusimos de acuerdo para hacer un trío con mi secretaria que me esperaba en el hotel, seguramente llena de envidia al saber que yo me encontraba teniendo sexo con aquella hermosura que conocimos en el Congreso Nacional de Telefonía.

Pero su envidia era pasajera porque muy pronto Nancy también gozaría como yo, los deliquios sexuales que provocan la exquisita figura y atributos corporales de Miriam.

CONTINUARÁ…

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MSN: adonis.primero@hotmail.com

Autor: ADONISPRIMERO


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