
Tengo 19 años, soy un chico de metro sesenta y cinco, cabello largo y rizado, labios carnosos y un buen culo. Me gusta vestirme de mujer e imaginarme que me follan mientras me masturbo. Realmente soy virgen, nunca he estado con un hombre aunque con mujeres si he estado. La siguiente historia es un producto de mi imaginación, todos los personajes son ficticios.
Hola soy Carlos tengo 40 años y soy de Córdoba. La historia que les voy a contar es totalmente real. Un viernes a la noche yo estaba aburrido en mi casa entonces decidí salir a dar una vuelta en el auto. Después de unos minutos paseando se me ocurrió ir a la zona de la Cañada, que es un lugar que siempre está lleno de travestis. La verdad que no se por qué se me dio por ir a ese lugar ya que nunca tuve experiencias de ese tipo ni tampoco me llamaban la atención. Por otra parte tenía muy poco dinero y nadie iba a aceptar hacer nada conmigo, pero lo mismo fui a ver qué pasaba.
Cuando yo tenía 15 años y estudiaba 6º de Bachillerato, allá por 1975, tuve un compañero de clase, que se llamaba Alberto y era un poco rarito. La mayoría de los otros compañeros, hijos de papá, aprendices de niños pijos, le despreciaban. Bueno, yo tampoco les caía muy simpático. Alberto era un poco retraído, como yo, pero si ganabas un poco de su confianza, era un tío muy majete. Su problema era que el físico tampoco le ayudaba mucho. Era delgado, con un culo redondeado, los pijos le decían que tenía culo de nena, era rubio y siempre llevaba un extraño corte de pelo, corto pero con los pelos de punta. A la vuelta de las Navidades, vino con un aspecto muy demacrado y con el semblante triste. Me costó varios días, pero al final conseguí que me contara su pena.
Ya les he contado tres historias de mi vida adulta, ahora tengo ganas de relatarles mi primera vez, cuando perdí mi virginidad y descubrí la excitación de tener una buena verga ensartada completamente en mi culito.
Cómo ya saben no he parado de desarrollar mi lado femenino y creo que mi debilidad (y especialidad), los hombres maduros, tiene mucho que ver con mi primera historia, esa que no se puede olvidar y que cada vez que se recuerda produce una indescriptible excitación.
Todo comenzo un 23 de marzo de 1999, era el cumpleaños de un compañero de secundaria.
Resulta que es amigo tenia un club de deportes, entonces decidio hacer su fiesta ahí.
Ya acostumbra a la calle a sus benditos codigos, mi fortuna giro hacia un lado positivo, al menos habia solucionado el tema economico y garantizaba la existencia de Lucrecia.
Nunca me caractericé por mi carácter afable. Mi trabajo, una Organización no Gubernamental, es un lugar donde el temple y la dureza de palabras son una necesidad. Mi puesto también lo exigía y, generalmente, la depositaria de todas las furias reales e inventadas que diariamente experimentaba, era Alejandra, una chica de 23 años, femenina, sumisa, hermosa pero pusilánime. Su cabello castaño caía sobre unos hombros blancos que, a fuerza de exponerse ostentaban un delicioso tono bronceado. Su cintura era un magnífico panorama y, las pocas veces que llegó con falda, el espectáculo fue vivificante. Sin embargo, ella no solía presumir demasiado de sus atributos; más lo hacía de su carácter pacífico, que de poco servía para soportar los embates del trabajo diario y de mis constantes llamadas de atención.
Las luces de Santiago iluminan la pasión de Gae.
Seguimos bailando como dos enamorados toda la noche, nuestros corazones latían con emoción, mientras nuestros cuerpos se fundían con placer, la pasión apenas contenida por nuestra reciente intimidad, afloraba en nuestras expresiones, nuestras manos entrelazadas al terminar cada baile, indicaban que era suya, cuando bailábamos, sus manos recorrían toda mi espalda, que sensación tan placentera, yo me empinaba para colgarme de su cuello, y él me tomaba firmemente de mis glúteos, haciendo ver a todos que mi cuerpo le pertenecía, que era su hembra preferida esa noche, con lujuria su lengua recorría cada centimetro de mi piel, sentia sus besos en mi cuello, mis orejas, su lengua me volvia loca y sus dientes mordisqueaban mis lóbulos.