
Ya acostumbra a la calle a sus benditos codigos, mi fortuna giro hacia un lado positivo, al menos habia solucionado el tema economico y garantizaba la existencia de Lucrecia.
Nunca me caractericé por mi carácter afable. Mi trabajo, una Organización no Gubernamental, es un lugar donde el temple y la dureza de palabras son una necesidad. Mi puesto también lo exigía y, generalmente, la depositaria de todas las furias reales e inventadas que diariamente experimentaba, era Alejandra, una chica de 23 años, femenina, sumisa, hermosa pero pusilánime. Su cabello castaño caía sobre unos hombros blancos que, a fuerza de exponerse ostentaban un delicioso tono bronceado. Su cintura era un magnífico panorama y, las pocas veces que llegó con falda, el espectáculo fue vivificante. Sin embargo, ella no solía presumir demasiado de sus atributos; más lo hacía de su carácter pacífico, que de poco servía para soportar los embates del trabajo diario y de mis constantes llamadas de atención.
Las luces de Santiago iluminan la pasión de Gae.
Seguimos bailando como dos enamorados toda la noche, nuestros corazones latían con emoción, mientras nuestros cuerpos se fundían con placer, la pasión apenas contenida por nuestra reciente intimidad, afloraba en nuestras expresiones, nuestras manos entrelazadas al terminar cada baile, indicaban que era suya, cuando bailábamos, sus manos recorrían toda mi espalda, que sensación tan placentera, yo me empinaba para colgarme de su cuello, y él me tomaba firmemente de mis glúteos, haciendo ver a todos que mi cuerpo le pertenecía, que era su hembra preferida esa noche, con lujuria su lengua recorría cada centimetro de mi piel, sentia sus besos en mi cuello, mis orejas, su lengua me volvia loca y sus dientes mordisqueaban mis lóbulos.