Ahora entiendo los pequeños gestos de dolor de tu rostro; eran consecuencia de los mordisquitos de la lycra encarnada en los sensibles bordes de tu sexo. Con la polla clavándoseme en la cremallera del pantalón me he levantado para ir al baño y podérmela recolocar. Me hubiera gustado que me siguieras, pero no es un baño propio para satisfacer ese tipo de necesidades.
A mi vuelta disfrutas de un sorbo de tu cappuccino mientras entretienes la vista con la carta de postres. Un padre de familia, sentado frente a ti, no te quita los ojos de encima, acechando como un buitre desde el borde de su copa. Asiente distraído a la conversación que mantiene su mujer con sus dos polluelos y sólo cuando me he sentado he comprendido la razón de su mirada lasciva de buen padre y marido; yo tampoco puedo apartar los ojos de la escasa porción de sexo que, por el más “inocente” de los despistes, dejas ver por entre los pliegues de tu falda.
“Puta”, es lo único que logro soltar entre dientes, y dejo un billete sobre la mesa sin importarme si alcanza para pagar la consumición o no; si me sigues o te quedas en el velador para continuar con tus juegos de zorra calenturienta.
Ya en casa no has dejado que te reproche nada. ¿A qué ha venido esa escenita de celos?, me has dicho. Soy libre y puedo follar con quien me salga del coño, igual que tú te follas a M…
Y tienes razón, toda la razón. Sentado en el borde de la cama así te lo he dicho, desinflado y derrotado. Entonces te apiadas de mí y te desnudas lentamente ante mis ojos, hasta quedar vestida sólo por el panty. Por supuesto, mi mirada se centra automáticamente en tu coño envuelto en lycra.
- He de confesarte una cosa – me dices con tu voz ronca -. Me he mojado como una niñata al saberme devorada por aquel papaíto. Con gusto se la hubiera mamado allí mismo, en presencia de todos, chupándole la polla hasta que hubiera repudiado a su dulce esposa. Y ahora estoy tan caliente que necesito que me follen como a la puta más tirada de la ciudad.
Mis dedos ansiosos se engarfian en la banda elástica adornada con encajes, justo encima de las suaves curvas de tu culo, y tiran de ella hacia abajo, haciendo fru-frú al rozar con tu piel dorada. Tu coño liberado se me muestra enrojecido e hinchado, con puntitos de sangre saltada donde el roce ha sido más intenso, y de él se desprende un intenso olor que me hace enloquecer.
- Es verdad que te has mojado -. Te digo - ¡Serás puta!
- Y así quiero que me folles -. Sonríes, y te colocas a cuatro patas sobre la cama.
Y te bombeo con fuerza, sin compasión. Me importa un carajo tus labios enrojecidos e hinchados, los puntitos de sangre, las señales rojas que dejan mis dedos en tus caderas,… Sólo quiero que chilles y jadees como nunca antes lo has hecho.
Sólo quiero que los vecinos sepan que me estoy tirando a una puta.