Nos ponemos en situación. Tarde del recientemente pasado mes de agosto, me encuentro de vacaciones en un apartamento costero en el sur de España. Discuto con mi esposa por un asunto doméstico (en realidad por una lesión de mi hija pequeña que le impediría mojarse la herida durante dos días, lo que acarrea con ello que nosotros, a su vez, salgamos mal parados) cabreado por la oportunidad perdida de poder acudir a la playa durante esas dos jornadas. Mi mujer, para no verme en ese estado de enojo, me invita a que baje solo y que ya al día siguiente podríamos hacer turnos para intercambiar nuestra guardia con la pequeña. Aunque al principio no acepto la propuesta, ya que ella es muy celosa y sé que a la vuelta me va a interrogar demasiado dónde estuve, qué es lo que vi o demás asuntos similares, finalmente creo que es lo más apropiado. Aún así, para desmarcarme del asunto, decido refunfuñar porque lo que realmente deseo, constato antes de salir, es acudir con ella.
Pero por dentro estoy radiante de alegría.
Y lo estoy porque a escasos 12 ó 13 kilómetros de donde me encuentro, existe una recóndita y poco accesible playa nudista que es la elegida para mi aventura en solitario. Yo ya he acudido en alguna que otra ocasión ha visitarla, siempre solo porque mi mujer, aparte de celosa es bastante discreta y no comparte ese tipo de gusto, pero a mi me da bastante morbo acudir a ese paraíso y ponerme como Dios me trajo al mundo en compañía, eso sí, de verdaderas Venus como las que se pueden presenciar allí.
Para llegar a la playa hay que andar no menos de diez minutos desde que se aparca el coche, lo que conlleva cierto pesar pues son días de bastante calor y el camino llega a resultar atosigante. Una vez cumplido el objetivo, se baja por una empinada escalera de madera y ya en playa, a escasos metros, comienza el verdadero espectáculo.
Al principio ando vestido con el bañador hasta que encuentro un lugar cómodo para asentarme. Me he fijado anteriormente en las personas que me acompañan y se tratan de tres chicas de muy buen ver con sus respectivas parejas que están separadas por no más de ocho o diez metros. Por supuesto, todas denudas. Entre medio, una madura de aspecto recio sólo se ha quitado la parte arriba. Una vez coloco la toalla, me deshago del bañador y dejo salir al aire mis genitales. Estoy excitado, porque una de las chicas cercanas, situada a mi izquierda y colocada en dirección al sol, toma una postura descarada y se abre de piernas libremente casi a la altura de mi vista. Espero a ver si se mueve pero sigue en la posición, abriendo más las piernas incluso, y entonces es cuando debo bañarme para no tirarme de cabeza hacia su vagina.
Ya en el agua, salgo pronto y espero en la orilla el paso de alguna chica interesante, a lo que surge la llegada de otra de las que está, digamos, en mi entorno. Aparece pero no se baña, sólo decide sentarse en la orilla del mar esperando que el agua refresque plácidamente su deliciosa almeja. El momento es glorioso, pues la muchacha tiene las piernas suavemente flexionadas por lo que la vista de su intimidad es del todo una alegoría del erotismo. Juguetea con las olas, las intenta detener con los pies y eso provoca que su tesoro quede siempre bastante expuesto.
Intento no detener tanto la mirada en ella, pero se me hace difícil. Sin ser una chica espectacular, posee unas facciones graciosas, un pecho menudo y un culito, algo más blanco que el resto de su anatomía, delicioso. Su vagina, delicadamente adornada de una fina hilera de pelillos, es, sencillamente, preciosa. Al poco, una señora que no había percibido anteriormente en la zona de acampada, decide emular a nuestra vecina y, tras unos raros movimientos, se sienta en la arena frente al agua. Se sitúa a unos 4 ó 5 metros de donde me encuentro, y en esos momentos marco una distancia similar con las dos. Ésta tiene menos reparos en tumbarse y abrirse entera de piernas, tengan en cuenta que enfrente de ella sólo se encuentra el mar, pero yo estoy de pie y presencio, dando pequeños pasos de un lado a otro, todos sus rincones más escondidos.
La otra chica decide bañarse, algo que hace en escasos segundos y sale rauda en busca de la toalla. Lo hace con ligeros pasos, como si flotara sobre la arena, hasta que se aleja en su sombrilla. Su pareja apenas repara en mi presencia, pues se encontraba tumbado boca abajo y en dirección opuesta al mar.
Entonces me detengo con más determinación en mi nueva compañía. Haciendo caminos en la arena arrastrando el pié, me voy acercando sutilmente hasta presenciar a la señora con más determinación. Unos 45 años, no sé si alguno más, piel relucientemente blanca acompañada de pecas, pelo castaño suave, pechos medianos y un pubis recortadito que no le impide la visión de una almeja bastante apetitosa. Mis movimientos deben ser un poco torpes o incluso descarados porque ella repara en mi presencia y llegamos a intercambiar alguna que otra mirada. Me pongo un tanto nervioso porque no sé la impresión que tendrá de mí cuando, de pronto, aparece un hombre que se le acerca por detrás y se sienta junto a ella. En un principio me vine abajo, pero comprendí que era lo más convincente en esas circunstancias, ya que suele ser difícil de ver a una mujer sola en ese tipo de playa. Los movimientos de ella seguían siendo insinuantes, pero es con la presencia de su pareja cuando empieza el juego de verdad, porque el acompañante decide masajearle los pechos, acariciarle los muslos, sobarle los glúteos…Todo eso, sin dejar de recordar que me encontraba a escasos centímetros de ellos
En vista del supuesto fracaso pero viendo que mi presencia tampoco parecía violentar esos preliminares, decidí volver a bañarme. El mar estaba ligeramente calmado, aunque de vez en cuando llegaba una ola considerable que hacía que me levantara. A mi alrededor no había nadie, si acaso una pareja a unos treinta metros que trataba, con la ayuda del agua, de intimar un poco, aunque mi interés seguía patente en la pareja recién llegada.
Éstos, al poco, decidieron meterse en el agua. El hombre entró con decisión pero ella, dejándose querer, lo hacía más lentamente, hasta que él decidió volverse y acarrearla en brazos mientras se oían gritos de complicidad. Estaríamos como a unos diez metros de distancia, yo apenas dejaba de mirarles y ella, notándolo, comenzó a sentirse bastante interesada. Entonces comenzaron un repertorio de juegos exhibicionistas, es decir, provocaron situaciones que a ella la dejaban en disposición de ser vista claramente. Primero la cogía en hombros y posteriormente la lanzaba con las piernas abiertas hacia atrás, luego la situó en posición del muerto (tanto boca arriba como boca abajo) mientras las extremidades estaban siempre bien separadas, aprovechaba la llegada de alguna ola para auparla y que se le vislumbrara bien su silueta…Pude presenciar su almeja en variadas y morbosas posturas, lo que provocó en mí una reacción/erección terribles que sólo fui capaz de contener echándome la mano a la polla.
A pesar de que el agua me cubría medio cuerpo, el movimiento de mi brazo derecho parecía ser bastante clarividente, pues la mujer ya apenas dejó de mirarme. Si bien al principio lo hacía de manera suave y cadenciosa, según avanzaban los juegos y la cercanía entre nosotros fui apretando el ritmo. Se la reconocía cachonda, tanto por los movimientos a los que estaba siendo sometida como por la compañía cercana de un extraño que disfrutaba viéndola en ese estado de desenfreno. Entonces buscó acercarse más a su pareja, buscó el contacto con su miembro y, siempre mirándome a los ojos, dejó que el otro le insertara la polla por su vagina. Al principio costó porque el agua no facilitaba la tarea, pero se salieron un par de metros donde el nivel era inferior y entonces consiguieron el objetivo. Ya entonces, pude presenciar que la erección del tipo era considerable, pues la cabeza estaba apuntando al cielo. Por mi parte, sin acercarme voluntariamente a la pareja, esperé a que la marea me desplazara un poco y en escasos segundos volvía a encontrarme junto a ellos, con la aquiescencia de la mirada de la mujer, que pedía a gritos que ese desconocido hiciera algo. Mis movimientos de brazo eran violentos, pero no tanto como los que él le propinaba a ella. La tenía agarrada por debajo de los muslos, que sobresalían del agua, y su espalda se dejaba caer hacia atrás mientras recibía infinidad de envites.
Ver ese rabo taladrando la vagina me puso en órbita como pocas veces
Ahora sí, ahora decidí acercarme todo lo que pude porque la situación era extrema. Mi morbo y calentura subieron hasta el infinito y decidí probar fortuna. Además, la mirada de ella era permisora y sus lastimeros gemidos daban sensación de que mi visita sería bien recibida. Él apenas reparaba en mí, se contentaba con bombear la vagina de su pareja que, por entonces, parecía estar en el paraíso…Pero fue ahí, en es preciso momento, no sé por qué (no creo que algún día lo llegue a entender) reparé en que éramos centro de las miradas de los allí presentes. Quizás habría tres o cuatro parejas, más algún paseante, pero a mi me parecieron dos mil, por lo que me quedé petrificado. Me entró un miedo irreparable y me fui separando de la pareja lentamente, tanto como para que la erección bajase y no fuese una evidencia al salir del agua.
Desde la orilla los vi follando violentamente, ahora él estaba detrás de ella, mirando en dirección a la arena, agitándole fuertemente en cada envite, algo a lo que ayudaba cuando rompía las olas. La mirada de la mujer seguía enfrentándose a la mía, me esperaba. Entonces tenían medio cuerpo fuera, lo que hacía más que previsible sus movimientos. Me pregunté como un millón de veces que coño hacía fuera cuando podía participar de ese inmenso espectáculo, pero no hallé respuestas.
Sí es verdad que, atenazado por la duda y un poco de temblor incluso, encontré un momento de valentía para volver a entrar, pero cada vez que me acercaba los veía más lejos. La cara de ella ya no estaba tan desubicada, la notaba extraña, como ausente. Al poco, se separaron (imagino que él se corrió) y ella se salió rauda hacia la orilla, molesta diría yo. Él esperó un poco, imagino que de la misma forma que yo anteriormente, y aunque traté de ver en su mirada un gesto de complicidad conmigo, apenas reparó en mi presencia.
Una vez solo en el agua, esperé algo para no dar la imagen de un acosador. Lastimado moralmente, salí cabizbajo y apenas me sequé, me puse el bañador y decidí marcharme. Pude pasar bastante cerca de la pareja. El hombre mantenía la polla en semi erección y se estaba comiendo un pedazo de fruta. Me mantuve con al mirada fija en él, incluso imaginé darle la enhorabuena por el espectáculo presenciado, pero lo omití por temor a una reacción desconocida. Además, había vuelto a obviarme. Igual pensaba que era un cobarde porque yo le había fallado a él también
Ella, por el contrario, se encontraba de espaldas a mi posición alisándose el cabello. No se dio la vuelta, como si una incipiente vergüenza le hubiese atormentado lo que acababa de hacer y no se reconociera en esa persona.
A paso lento fui terminando el paseo por la playa y, aunque algunas que otra atractiva chica me aliviaba el pesar con sus gloriosa desnudez, no volví a ser el mismo. Posteriormente comencé por el serpeante camino de vuelta hacia el coche, atormentándome por la ocasión desaprovechada.
Una vez en casa, al cabo de unos minutos, pagué con mi mujer los platos rotos, aunque eso sería ya otra historia.
Un saludo