La calentura pudo más que la prudencia (en la urbanización todo el mundo nos conocía) y salimos, aunque tuvimos la precaución de caminar por un área poco transitada. Verán, nuestra colonia queda en un municipio algo alejado, en un área llena de hoteles y complejos como el nuestro, pero colindante con una reserva natural, uno de nuestros sitios favoritos. Esa mañana tomamos por un sendero por el que íbamos poco, para no encontrarnos con nadie conocido y, quien sabe, poder fornicar a gusto.
Sin embargo yo si me encontré con alguien conocido… ¡era el mirón del día anterior, caminando con una cámara en mano, un sombrero tipo Fedora (como de Indiana Jones) y ropa de campo! Disimulé lo más que pude y vi que sus ojos venían cargados de calor hacia mi madre. De inmediato pensé que de seguro nos seguiría y al instante un fuerte morbo se apoderó de mi, tuve una idea a la que no me pude resistir mientras mi calentura crecía exponencialmente.
Atravesamos varios senderos de selva exuberante y llegamos a la desembocadura de un río, rodeada por tupidos manglares y con un mar azul al frente. En esa playita tendimos nuestras toallas y ella volvió a sorprenderme, se quitó la mini y la blusa, quedando topless y con la parte de debajo de un diminuto bikini. Podía ver en sus ojos que estaba ardiendo.
Tomé mi celular e hice como que contestaba una llamada. Dije en voz alta que inmediatamente volvía al chalet y le daba "el dato", luego me puse de pié y regresé por donde habíamos venido. Dejé a mamá sola e inquieta, pero no por mucho, pues a los pocos metros me crucé con nuestro mirón, que en ese momento fingía estar fotografiando unas mariposas de vivos colores, pero en cuanto me alejé un poco se dio la vuelta en dirección a la playita en donde la dejé haciendo topless.
Caminé apresuradamente unos 200 o 250 metros y me detuve, me desvié y di un rodeo pronunciado (gracias a Dios tengo un muy buen sentido de la orientación), atravesé el río a nado (no sé cómo hice para que no se me mojara la cámara) y llegué a la playita desde atrás, oculto tras los tupidos manglares. María José estaba en el mismo sitio donde la dejé, boca arriba y mostrando las tetas. No había nadie más que pudiera ver, pero vi una toalla tendida a unos 10 metros de ella con una mochila encima… el corazón comenzó a latirme aceleradamente. Exploré el horizonte y vi chapoteos y brazadas a lo lejos, ¿sería el mirón, se había atrevido a llegar a esa apartada playita al darse cuenta que mamá estaba sola? A partir de este momento también narraré las cosas que ella me contó posteriormente.
Usé el zoom de mi cámara para ver mejor, era un hombre nadando no muy lejos de la orilla, enfoqué la toalla y la mochila y nuevamente sentí un largo escalofrío mezclado con excitación mórbida, allí estaba el sombrero Fedora. Lo vi salir del agua entonces, era un tipo maduro que rondaría los 50 años, tenía una gran calva en toda la parte superior de la cabeza y el único cabello que le quedaba era gris. Aun así se conservaba muy bien, pues mediría como 1.75 y era delgado, con el pecho bastante peludo y las piernas y brazos fuertes con una incipiente panza, se notaba que alguna vez había sido muy musculoso.
Un nuevo escalofrío recorrió mi espalda, ¡venía totalmente desnudo, hijo de puta! De nuevo la enfoqué a ella y, aunque intentaba disimularlo, era muy obvio que estaba viendo su desnudez tan impresionada como yo. Y es que el hombre estaba bien dotado… muy bien. Tenía una verga larga y gruesa pese a que aun estaba en semi erección y cubierta por su prepucio, rodeada de una tupida mata de vellos y por encima de unas bolas que se veían gordas. Imaginé esa verga completamente dura y dentro de mamá, con el hombre montándola y gozándola como un salvaje. Confieso que me asusté un poco.
María José usaba unos lentes para sol bastante grandes por lo que casi la mitad de su rostro quedaba oculto, lamentablemente el disimulo no era uno de sus talentos y el hombre se dio cuenta que lo estaba mirando. Se tendió en su toalla, desnudo como estaba, y desde allí le pegó un repaso de arriba abajo con muy poca discreción, ella solo se dio la vuelta y quedó boca abajo. Entonces el hombre le habló:
María José seguía sorprendida y descolocada, sabía cuales eran sus verdaderas intenciones y no supo qué responder. Y él, sin esperar respuesta (y haciendo gala de mucha seguridad y descaro) se puso de pié y se le acercó. María José, entre sorprendida y caliente, no atinó a reaccionar ni siquiera cuando él se arrodilló sobre su trasero. ¡Les juro que tenía la verga más tiesa que una piedra!… claro, yo, y solo de ver eso… porque Danilo, como hombre experimentado que era, apenas se le veía morcillona.
Prácticamente le quitó el tubo de bronceador de las manos (aunque con delicadeza) y comenzó a aplicárselo en el cuello, al mismo tiempo que le daba un relajante masaje (era bueno el tipo, debí reconocerlo). No sé si eso terminó por derrumbar las pocas defensas que mi madre había puesto (o pudo poner) o si ella misma decidió dejarse llevar, pero clavó la cara en la toalla y se dejó hacer. Danilo fue bajando poco a poco, ni muy rápido como para asustarla, pero tampoco despacio como para dejarla recapacitar, se entretuvo un buen rato en su espalda donde, frotando y amasando, rápidamente tomó un rítmico movimiento con su cuerpo de atrás hacia delante. Luego se pasó a sus costados, pero cada vez más cerca de sus senos hasta que logró tocárselos. Primero con roces inocentes, casi accidentales, pero en cuanto vio que ella no ponía reparo fueron descaradamente francos. Y lejos de protestar, María José separó más los brazos y arqueó un poco la espalda.
El hombre se inclinó sobre ella y comenzó a besarle el cuello al mismo tiempo que pasaba sus manos por debajo de su pecho, atrapando y masajeando sus enormes pechos, grandes y perfectos. También lo veía mover su cuerpo de forma ondulante, como si estuviera penetrándola, repasándole la verga sobre el culo y en medio de sus piernas, seguramente en total erección. Mamá giró la cara y atrapó los labios de ese desconocido, trenzándose en un beso largo y apasionado. ¡Dios mío, no lo podía creer, nunca me imaginé a mi mamá en esa situación, a punto de coger con otro hombre!… bueno, si lo imaginé un montón de veces, pero nunca creí que pasaría. Me invadía una excitación cada vez más fuerte, azuzada un morbo tremendo e intenso que nacía de ver a mi madre actuando como una perra en manos de otro.
El tipo se separó de sus labios y empezó a bajar, le lamió el cuello y la espalda, y al llegar a sus nalgas se levantó y le quitó el bikini, dejándola completamente desnuda. En ese momento pude ver por primera vez esa tremenda verga que en breve haría berrear a mi mamá, era larga y gruesa, con un glande colorado y ancho que se salía de su capuchón, colgaba rígidamente en medio de sus piernas, bamboleándose amenazadoramente cual garrote a punto de descargar su furia. Sentí miedo por mamá, que sin percatarse de tan tremendo monstruo, levantó la cola y se la ofreció totalmente entregada.
Danilo sonrió saboreándose como un lobo hambriento, se tiró al suelo y le metió la lengua hasta el ano. Inició un rico sexo oral que hizo olvidar a María José creo que hasta de su nombre, lamía y chupaba mientras acariciaba y amasaba sus nalgas con las manos, separándoselas y metiéndole la boca hasta lo mas profundo de su ser. Ella cerraba los ojos y abría la boca como en un alarido lleno de placer, el hombre era verdaderamente diestro. Se lo hizo por un buen rato hasta que la tuvo a punto de acabar, entonces paró. Mamá lo volteó a ver y le dijo con voz melosa y voluptuosa a la vez:
María José se levantó y se arrodillo ante Danilo que se había puesto de pie, desde mi escondite pude ver claramente el inmenso gesto de incredulidad cuando vio semejante garrote apuntándola directo a la cara. Mil cosas le pasaron por la mente, "¿Me cabrá adentro? ¿Hasta dónde me va a llegar? ¡Esa cosa me va a romper! ¡Tengo que detener esta locura!", pero mientras pensaba de esta manera, su mano ya iba y venía por todo lo largo de ese gran trozo.
Al final la lascivia venció, tomó una profunda bocanada de aire, elevó los ojos sonriendo para verlo y con la punta de la lengua le acaricio el pene. Lo sujetó con las manos y empezó a lamerlo despacio como a una paleta, haciendo círculos en el glande, dispuesta a mostrarle todo el arte que había desarrollado como mamadora. Le besaba y chupaba la cabeza, le acariciaba el meato con la punta de la lengua y succionaba con fuerza. Poco a poco iba metiéndosela, despacito, con succiones fuertes y sostenidas hasta donde aguantaba, no fue mucho al principio, pero en posteriores intentos logró tragarse hasta la mitad de ese impresionante escalmo.
Estaba volviendo loco a su improvisado amante, lo veía con una sonrisa radiante y lúbrica, estaba muy excitada, era el primer hombre que tocaba, aparte de mi, en muchísimos años. Y él, a diferencia de lo que podía esperarse, no se puso violento ni posesivo, la dejó hacer acariciándole el cabello, gozando del momento. Eso si, varias veces vi que le empujaba la cabeza para sacarle su miembro de las fauces, evitando así el inminente y prematuro orgasmo, aun había mucho que disfrutar.
Mamá se volteó y se puso en 4, masturbándose mientras volteaba a verlo con la mirada más cachonda que le había visto. Danilo la veía con el calor en los ojos, no podía esperar ni un minuto más para metérsela, pero aun tuvo el temple como para no dejarse ir como toro de lidia. Rápidamente, pero sin precipitarse, buscó en su mochila un sacó un condón, en cosa de un segundo se lo puso y volvió ponerse detrás de mi madre.
Mamá empezó a empujar hacia atrás, ensartándose ella sola hasta el fondo para poder sentirlo al máximo. Yo estaba con la boca abierta y sin palabras, con una erección exagerada bajo mi calzoneta y casi alucinando, aquella era la aventura más pervertida y peligrosa que había tenido con ella y, por fortuna, nos estaba saliendo bastante bien.
Danilo estaba exultante, jamás había conocido una mujer como mi madre y estaba dándose gusto, casi no lo podía creer. La cabalgaba agarrándola firmemente por la cintura y a base de goles de caderas. De pronto le dio vuelta como si fuese una muñeca, ella se dejó mansamente, estaba en la etapa en donde se deja hacer cualquier cosa por su amante. Le abrió las piernas y la penetró de nuevo, pero esta vez en la pose del misionero, abrazándola y sintiendo su voluptuoso cuerpo pegado al suyo, con esos inmensos y firmes senos que me dieron de comer de pequeño comprimidos contra su pecho velludo.
Sus arremetidas se fueron haciendo cada vez más fuertes y duras, sonaban como aplausos y denotaban la enorme calentura que lo embargaba. Mi madre las encajaba con las piernas abiertas en alto y aferrada a sus anchas espaldas, gemía a gritos y alaridos, gozaba como una loca desatada. Pronto la respiración de Danilo se aceleró considerablemente, cerró los ojos y alcanzó el clímax:
Danilo se derrumbó sobre ella y quedaron allí tendidos por un buen rato, vi que le susurraba cosas al oído que no pude escuchar (bueno, casi nada de lo que les conté pude oírlo, me lo contó mamá luego, pero igual esto no vale la pena escribirlo) y que ella le dedicaba una profunda y tierna sonrisa… me puse muy celoso, así era como me sonreía a mi cuando terminábamos de hacer el amor.
Aun se quedaron en esa posición por unos 10 minutos más, hasta que ella le pidió que se le quitara. La vi ponerse de pié y dirigirse al mar con la espalda llena de arena. A él lo vi quitarse el condón anudarlo y guardarlo en su mochila, por lo menos era limpio y no dejaba las cosas tirada en cualquier lugar. Mamá se limpió y refrescó, al instante la acompañó el hombre y yo me sentí, extraño, era una rara mezcla entre saberme de más en esa escena y sentirme un intruso por ello, y entre celos y rabia de sentirme desplazado. Extrañamente no sentí miedo de que pudiera pasarle algo malo a ella cuando decidí irme de allí, igual el tal Danilo no sabía que yo estaba viéndolos y pudo haber tratado de lastimarla desde antes.
Mi madre regresó al chalet casi 45 minutos después que yo lo hice, escoltada por el hombre con quien había dado un paseo antes de plantearse siquiera volver. Estaba molesto, la verdad, pero no le reclamé nada, no tenía derecho, además se puso a llorar en mis hombros en cuánto me vio.
Fin.
Ricardo David.
(Garganta de Cuero).
Pueden mandarme sus comentarios y sugerencias a mi correo electrónico, besos y abrazos.