El caso es que tengo una vecina que se llama Francisca (Francis la llamanos todos en el bloque), que me trae por la calle de la amargura. No penseis que es un bombón, es una mujer normal. Tiene unos 35 años, mide como 1,60 y mas bien tira a rellenita, con pecho abundante y culito respingón. De pelo castaño y de ojos verdes muy bonitos, aunque las gafas que usa, como todo su vestuario en general, no le hacen justicia por antiguo y recatado.
La primera vez que me sentí atraido por ella fue el verano pasado. Yo estaba de vacaciones y remoloneaba frente al ordenador. Francis y su marido estaban pintando el piso y por una de las ventanas que dan al patio de luces la vi quitando las cortinas de la habitación de su niña. Entre los dos desalojaban los muebles del cuarto y pude ver que estaba vestida con una camiseta larga de color naranja pues hacía mucho calor.
Me sorprendió mucho comprobar que tenia unas piernas muy bonitas, fuertes y bien formadas, porque es una mujer que siempre va con pantalones o con faldas por la rodilla.
Estaba subida a una escalera, y se agachaba de vez en cuando para mojar la brocha en la pintura. Yo me regodeaba viéndole las braguitas blancas que asomaban por debajo de la camiseta y que dibujaban perfectamente su trasero. Así que pasé un buen rato frotándome por encima del pantalón y disfrutando del culo de mi vecina.
Cuando mi mujer volvió de la compra casi me sorprendió con las manos en la masa, pero afortunadamente los mirones estamos acostumbrados a disimular y yo salí airoso del trance. Además como los vecinos ya habían terminado de pintar en esa habitación, Margarita no sospechó nada.
Después de comer y argumentando que me dolía un poco la cabeza, no quise ir con ella a la playa, así que me quedé solo en casa, impaciente por fisgonear por el patio. No estaba dispuesto a perder la ocasión de espiar a Francis, pues como habitualmente tiene los visillos corridos y las persianas medio bajadas, era un acontecimiento extraordinario poder atisbar la intimidad de esa mujer.
No tardé mucho en obtener el premio mayor, pues agobiada por el calor y por el esfuerzo de pintar el segundo dormitorio (el del pequeño Ignacio), mi vecina se dirigió al cuarto de baño a refrescarse, disfrutando yo de una vista privilegiada del mismo, pues las ventanas seguían abiertas de par en par para que secase la pintura.
Primero se despojó de la camiseta, tirándola a un rincón, empezando a restregarse las manos en el lavabo, para quitarse la pintura. Llevaba un sujetador muy bonito, blanco como las bragas, y semi transparente, que sugería la sombra obscura de sus pezones. Yo, que enfocaba la cámara de video como un poseso, tuve que liberar una mano para abrir la bragueta y dejar escapar mi miembro, que parecía que iba a reventar de un momento a otro.
Cuando terminó la operación se llevó las manos a la espalda y soltó los corchetes que cerraban el sostén, tirándolo con la camiseta. Yo maldije en silencio pues para ello se había dado la vuelta y no podía verle las tetas.
Sin solución de continuidad se bajó las braguitas y expuso a mi vista su espléndido culo, agachándose para sacarselas por los tobillos. Entonces casi me da un paro cardíaco, pues entre los muslos divisaba perfectamente su coño obscurecido por un cordón de pelos negros y espesos que haría las delícias del voyeur mas exigente.
Yo empecé a tocarme el nabo y era tal la erección que el menor roce me proporcionaba un gran placer. Como no quería acabar con aquel disfrute prematuramente, dosificaba la presión, pero la triste realidad fue cruel conmigo y Francis sin volverse siquiera, con un movimiento indolente, cerró la puerta del baño.
Juré en arameo por unos minutos, me deseperé como un mono cabreao, hasta que el destino o tal vez la fortuna vino en mi auxilio en forma de Juan Antonio, el marido de Francis, el cual acuciado por las ganas de orinar, entró en el baño y levantando la tapa del WC largó una interminable y sonora meada, sacudiéndosela al final como yo pensaba hacerlo en honor de su mujercita.
Salió sin bajar la tabla del water y sin cerrar la puerta, como todo marido que se precie, permitiendo sin saberlo que yo disfrutara a gusto del espectáculo impagable de ver a su esposa completamente desnuda.
Francisquita tenía un cuerpo de escándalo, mazico y bien formado. Sus pechos eran grandes y se movían como dos flanes cuando se los enjabonaba, con unos pezones marrones y prietos. De vez en cuando giraba y ofrecía a mis ojos una perspectiva completa de todo su cuerpo, por delante, por detrás, de perfil. Yo estaba a punto de explotar y aguantaba a duras penas la eyaculación.
¡Madre mía, que hermosura de mujer! Ver el jabón resbalar por su piel y el agua corriendo por su cuerpo desnudo era un placer de dioses. Era casi inaguantable ver como se demoraba frotando su pubis, con una expresión de gustito culpable y ajena por completo a mis miradas lascivas. Cuando su dedo corazón frotó el clitoris no pudo evitar un repelús.
Yo, como ya he dicho, la filmaba con el zoom de la videocámara, pudiendo apreciar con detalle sus maniobras masturbatorias. Eso fue lo que me perdió, pues incapaz de controlar por mas tiempo mi esperma, eyaculé con tal violencia que dejé caer la cámara sobre el cristal de la ventana. Ella, como es miope, fruncia los ojos intentando ver lo que ocurría y por mi torpeza me descubrió. Afortunadamente no llegó a verme la cara, pero sí supo inmediatamente que alguien había violado su intimidad. Se puso un albornoz apresuradamente y corriendo hasta la ventana del dormitorio bajó la persiana de un golpe.
Pasaron varios días sin que pudiera verla, pues a pesar del calor las persianas permanecían bajadas. Tampoco me la encontré por la escalera ni en el rellano, por lo que mis temores de que fuera a contarle algo a mi mujer o que el marido viniera a pedir explicaciones, aumentaron.
Una semana después, al volver yo de correr por la playa, coincidimos en el portal para tomar al ascensor
Hola Francis, tu primero (abrí la puerta y le cedí el paso)
Gracias vecino
Pulsé el quinto en la botonera y la miré a los ojos. Estaba colorada y no me miraba.
Verás Gonzalo, tengo que decirte una cosita
Dime, dime….que pasa
Creo que tu hijo me ha estado espiando por la ventana del patio
¿ Miguelito ? Menudo sinvergonzón, le voy a dar una paliza que se le van a quitar las ganas
No, no, quita…no quiero que le riñas, ademas la culpa la tuve yo, no se lo he contado ni a Juan Antonio. Si te lo digo a tí es para que lo vigiles, porque con su edad el vicio solitario no le hará ningún bien
Estaba apuradísima, roja como un tomate, así que no pude evitar sondearla
¿Y vió algo interesante el niño?
Me vió enterita, ¡enterita! me lo vió todo
Joer con el niño que suerte tiene….. es broma mujer
Volví a cederle el paso, y ella me miro con ojos de reproche, aunque juraría que iba reprimiendo una sonrisa. Por supuesto aproveché para mirarle el culo, mientras cruzaba el rellano. Bajo su ceñida falda sastre se adivinaban sus potentes ancas, y aunque parezca mentira con todo lo recatada que es normalmente, su contoneo no pasó desapercibido para mí.
Ni que decir tiene que me masturbé muchas veces viendo la cinta, pues Francis se había convertido para mí en objetivo preferente de mi voyeurismo. Además no perdía ocasión de comérmela con los ojos cada vez que tenía ocasión.
No fué hasta finales de agosto, próximo a terminar mis vacaciones, cuando me llegó la ocasión que estaba esperando. Ese día todo me vino redondo. Mi mujer se había ido con los niños a visitar a su madre al pueblo y Juan Antonio el vecino, ya había empezado a trabajar y no volvería hasta la noche.
Al llegar a casa, después de tomarme un aperitivo en el bar de mi amigo Manolo, me encontré el siguiente cuadro: Francis liada en su toalla de playa, descalza y sentada en la escalera e Ignacio, el pequeñín, en bañador y también descalzo correteando por el rellano.
¡Vecina! Que pasa, ¿teneis algún problema?
Ufffff un problemón, me han robado la bolsa con toda la ropa, con el dinero y las llaves y ahora no puedo entrar en casa
Se la veía apurada y a punto de llorar
Mira Francis pasa a mi casa y llama a Juan Antonio que te traiga las llaves
No, no, de verdad, no quiero molestar
Pero que molestar ni molestar, si quieres le llamo yo
Después de un tira y afloja que me llevó varios minutos consintió en entrar en mi casa para telefonear, pero dejándome claro que luego esperaría en la escalera. Mientras hablaba pude oir varias veces las voces que le daba el marido a traves del auricular y no me costó mucho adivinar que estaba ante una de esas oportunidades que vienen solo una vez en la vida.
A ver Francis déjame hablar con tu marido (ella me pasó el teléfono con expresión de alivio)
Juan Antonio, soy Gonzalo, no te sulfures
Hola Gonzalo, no, no me sulfuro, pero es que me viene muy mal dejar el taller ahora, además…. ¡son 40 kilómetros joder! y todo por no tener cuidado ¡¡¡coño!!! mira que se lo he dicho veces
Todo se puede arreglar hombre, mira: que coman aquí en mi casa y ya cuando tu vengas esta noche lo hablais ¿vale?
Ok tío, es un gran favor, te debo una, por favor pásame a mi mujer
Estuvieron un minuto hablando, y no se lo que él le diría, pero cuando colgó tenía cara de fastidio y de contrariedad, cosa que me agradó, pues una esposa enfadada con el marido es presa fácil para los pervertidos como yo.
Oye Francis, si quieres puedes bañar a Ignacio, que al pobre con el bañador mojado se le va a irritar el culete
Es que no tengo para cambiarlo
Le busco un short de Miguelito mujer
Gracias, eres un cielo
Por supuesto que tu también te puedes duchar, porque con esa toalla mojada y con arena debes estar muy incomoda