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2005-11-10 16:08:12
Alejandra entró en la casa de sus padres de madrugada y triste. Estaba casada, pero nadie comprendía su historia. Solamente roger, un perro seter de color canela, le daba afectividad. La oyó entrar, a pesar de que lo hizo silenciosamente y se dirigió al vestíbulo.
Era verano y hacía calor. Vestía un conjunto de transparencias muy sensual que realzaba su morena estampa y sus labios gruesos. Tenía los senos pequeños pero sensuales y un cuerpo terso y curvado. La lamió la manó y ella protestó. ¡ roger, déjame!. No la hacía caso porque la quería mucho y sabía que estaba triste. Buscó la habitación de la asistenta para dormir, -un trastero lleno de libros y cañas de pescar-, y su silueta se perdió en aquella penumbra. No despertó a nadie porque la casa era grande. roger se quedó con ella. Dentro de aquella atmósfera insinuante se desprendió del vestido, -que cayó al suelo, cerca del perro-, y luego del sujetador. Tenía el vientre bien formado y las bragas blancas resaltaban en aquella penumbra como la aurora boreal. Se tumbó en la cama llorando.

Pasó el tiempo sin dormir, sin esperanza. De pronto, sus manos ascendieron por el abdomen hasta alcanzar el pecho y levemente fue contorneándolo con suavidad, rozándolo muy ténuemente con la yema de los dedos y llegando en espiral a los pezones. Su mirada parecía perdida en la profundidad y sus sensaciones crecían. Los pezones se erizaron pensando en su marido y ella se estiró como un arco inclinando el pubis hacia el firmamento. Tenía las bragas puestas, pero la humedad las mojaba desprendiendo los primeros olores de aquella noche especial roger se excitó. El olor del coño de Alejandra le llegaba con profundidad y una leve erección primeriza asomaba en forma de punta afilada y roja. Puso las patas sobre la cama y luego sobre su cuerpo. ¡ Quita que me haces daño!. Sin embargo, el perro insistía porque le dominaba el instinto. Alejandra, imprudentemente se quitó las bragas, y las dejó caer al suelo. Durante el rato que sus dedos descendieron a su sexo para estimularse, roger proyectaba su instinto lamiendo las bragas de aquella silueta desnuda que se masturbaba. Ella sintió que el perro estaba alborotado, pero siguió tocándose con la yema de un solo dedo. Como quiera que una puerta se oyó desde el fondo y roger estaba inquieto, no la quedó más remedió que acariciar su cabeza. Entonces, el perro se puso de patas sobre la cama y luego se subió.

Una luz se encendió y luego se apagó. Alejandra acarició al animal y, siguiendo un instinto visceral sumamente primario, dejó que le lamiera las piernas. Luego las abrió poderosamente, abandonada al placer, y se dejó lamer el coño. La lengua de roger era ancha, estaba húmeda y tenía cierta rugosidad que hacía de la experiencia algo fascinante. El perro moldeaba su lengua en forma de tubo y lograba penetrar dentro con cierta habilidad. Los espamos de Alejandra crecían y crecían en la noche y todo su coño era una fiesta de jugo vaginal entremezclado con babas densas y olor a aliento de perro. Se corrió emitiendo sonidos guturales casi imperceptibles, que provenían del fondo de su memoria, y luego cerró sus piernas. Se incorporó para palpar el pene erectó de roger. Lo tocó.

El perro jadeaba sin hacer ruido, como si supiera que no le convenía ladrar. Y ella movía sus dedos con habilidad. Con la cabeza dentro de su vientre acercó el pene a sus labios y lo probó. Sabía amargo. Una mezcla de pis y sudor extraña, pero la gustaba. En su coño la humedad se renovaba y roger notaba el engrosamiento de su pene. 12 centímetros de largo por 4 de ancho. Un pene mediano, pero grueso, muy terso y musculoso. Alejandra salió del vientre de roger con pelos de color canela en la boca. Luego se puso a cuatro patas como el, ofreciéndole el culo. roger no dudó, porque no cabía duda en el. Ella, cautelosa, tenía las piernas semicerradas para que no la montara, pero aprovechó para lamerla el ano. Era placentero porque palpitaba y se dilataba por el calor. roger estaba medio loco y furioso, con un pene como una piedra. Alejandra, salvaje y alocada, perdida en un marasmo de dolor psicológico, abrió las piernas para franquerale el paso mientras pensaba en el con dulzura. Se subió encima poniendo las patas delanteras cerca de los homplatos, casi protegiéndola. Su coño, que era grande y estaba abierto y palpitante, facilitaba las cosas.

Era un pene grueso y ella tenía que colaborar. Estaba muy húmeda pero tenía que mover la cadera para que fuera entrando. Se derretía. Apoyo una mano en el cabecero de la cama y con la otra, por debajo del vientre, alcanzó el pene de roger. Le ayudó golosa y completamente mojada, salida como una zorra, deliberadamente entregada a una pasión animal. Sus labios se dilataron hasta permitir que roger entrara. Se movía rápidamente, con ataques bruscos, pero ágiles. Los jadeos del animal volaban por la atmósfera y ella podía notar su aliento encima, casi como si tuviera apoyado el rostro en su nuca. Ahora lo imaginaba como un lord con aliento de perro. Sus babas le caían por la espalda y todo la atmósfera olía a hembra deseosa y a perro enfebrecido. Entró con más fuerza en una ocasión y ella empujó hacia su dirección para que la penetrara más profundamente. Se tragó el bulbo del animal, que como una cebolla se dilataba dentro hasta los 6 centímetros, y ella crecía en miedo y placer. Pensaba que la iba a desgarrar y no la importaba. roger penetraba con fuerza y sus patas delanteras arañaban a Alejandra provocándola heridas.

Así siguió un rato hasta que notó un espeso fluído muy caliente dentro. De pronto se sintió reconfortada, con una sensación tórrida que la transportaba a paisajes exóticos. El semen flotaba en su interior como si fuera un lago con vida propia y, la erección del perro mantenida, la transportaba hacia un tercer orgasmo. La bulba no disminuía de tamaño y roger no salía. Movió su coño de un lado a otro con gusto, saboreando la sensación. Estaba abierta, húmeda y gozosa. Llena de vida. roger salió y Alejandra se quedó dormida, desnuda encima de la cama, con un charco de semen de perro que, en el transcurso de la noche, se fue haciendo más denso. Nadie más allá de aquella habitación hubiera deseado mejor felicidad y nunca Alejandra hubiera podido pensar que aquella noche tendría felices sueños.





Autor: Anónimo


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