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2009-10-31 00:34:12
Ya venía con la idea dándome vueltas en la cabeza desde hacía más de dos meses, pero a pesar de tener una fiera mascota como Rex y de conocer a gente que también tenía perro se me hacía muy difícil –casi imposible- concretar mi sueño. Cada vez que Rex me poseía mi fantasía me era recurrente y no podía evitar recordar lo vivido en la estancia de mi amiga la primera vez que fui, sin caer presa de un incontenible ardor interior que me consumía de pies a cabeza.

En momentos como ese daba cualquier cosa por tener ese canil sólo para mí, pero al estar ella de viaje por España por unos cuantos meses me era imposible tal cosa. Y además, pensé, mi necesidad es ahora.

Tras un par de semanas de intentar sin resultado encontrarle una solución, decidí que lo mejor era dejar de pensar en el asunto y tenerlo como un hermoso recuerdo y nada más, pero había algo dentro de mí que me obligaba a seguir hasta lograr mi cometido.

Mientras Rex dormía yo miraba llover desde la ventana de mi cocina, y al tener mi día libre decidí salir a dar una vuelta aunque sea con mal tiempo.

Al salir a la puerta vi a una vecina de enfrente cruzar la calle con gesto preocupado caminando en dirección a mi casa. La salude y al preguntarle cuál era su preocupación resultó que ella como médica y dada la actual situación con lo de la gripe iba a tener una jornada laboral más larga y probablemente tuviera que hacer horas extra.

Para colmo su marido –también médico- se encontraba en la misma situación y como sus horarios se superponían ninguno de los dos iba a estar en casa en todo el día y no tenían con quien dejar a sus animales, ya que al estar solos los pobres aullaban y en ocasiones hacían destrozos.

Sin saber cómo le dije que yo no tenía nada que hacer ese día y que los podía dejar a mi cuidado con confianza. Habiendo encontrado una solución tan oportuna aceptó sin dudarlo mientras yo tenía el pulso aceleradísimo de la emoción al ver mi sueño casi cumplido.

A los diez minutos me trajo a sus perros, todos de diferente raza: un doberman, un bóxer y un dálmata. Me los dio por la correa y tras cinco minutos de despedidas convinimos en que pasaría de nuevo para retirarlos después de la hora de cenar, lo cual nos dejaba unas cuantas horas juntos.

Entré a casa con los tres perros y enseguida Rex se levantó y vino a recibirnos amistosamente, quedándose con ellos en el comedor mientras yo dejaba la ropa que me sacaba en mi habitación. Estaba mojada como nunca de la emoción y tenía los pezones paradísimos y duros como piedras y pensé en impregnar la bombacha con más flujo del que ya tenía para ir calentando el ambiente. Al terminar de limpiarme se las arrojé donde ellos estaban y enseguida la empezaron a olisquear con entusiasmo mientras yo me mojaba más y más y me metía los dedos en la concha para esparcirme mis propios jugos por las tetas y el culo, sin dejar de vez en cuando de llevármelos a la boca para deleitarme con ellos. Tanto me encanta el sabor de mis jugos que si pudiera me chuparía la concha yo misma, pero al no poder, hurgar en ella y chuparme los dedos embadurnados de rico flujo es la mejor y más deliciosa solución.

Para terminar de estar lista me apliqué como siempre la cadenita y sus respectivas pezoneras en las carnosas y rosadas protuberancias erectas en mis pechos y poniéndome mi bata blanca sobre el cuerpo desnudo abrí la puerta de mi habitación para dejar entrar a mi amo y mis tres nuevos amantes de ese día. Al volver a cerrar la puerta con ellos cuatro en la habitación me quité la bata y me recosté sobre la cama, a donde ellos se subieron guiados fuertemente por el olor a hembra en celo que yo emanaba, tras lo cual me abrí de piernas para ofrecerles mi sexo húmedo y deseoso de sus lenguas voraces. Inmediatamente sus hocicos invadieron mi solicitada entrepierna y el doberman me empezó a dar largas y suaves lamidas que se hacían constantes e interminables mientras se alimentaba de mi flujo y se divertía jugando a mover mis labios vaginales con su lengua. El dálmata empezó a lamerme animadamente de la misma forma volviéndome loca de placer hasta hacerme abrir mi sexo con los dedos para regalarles su rosado interior mientras Rex y el bóxer me pasaban la lengua por el torso y los pechos, saboreando mi piel cuanto querían.

Con ayuda de mis dedos pude metérmelos en la concha para luego untarme los pezones y así lograr que ellos me dieran el placer de sus lamidas y el dolor de sus mordiscos, mientras los otros dos seguían haciendo estragos en mi regalada concha.

Sus lenguas ardientes entraron en ella y se bebieron todo mi néctar mientras entre los dos me la comieron sin parar hasta hacerme gritar mi primer orgasmo, tan fuerte que mi hicieron gozarlo con todo mi cuerpo.

Tras haber acabado tan ruidosa y placenteramente los deje seguir lamiendo a todos un rato mas, mientras masturbaba suavemente a Rex y al otro perro que mordía mi otro pecho.

Dejé al doberman ocuparse de mi concha y como pude traje al dálmata a mi lado hasta

quedar parado sobre mí, haciéndolo avanzar hasta que sus patas traseras quedaran a los costados de mi cabeza, y con las manos lo presioné para que bajara la cola y así poder engullir con la boca abierta ese baboso y suculento pito que ostentaba. Empecé a mamarle la verga como si fuera la más dulce golosina y escuchaba como gemía de gusto ante el delicado trabajo de mis labios, que recorrían ese falo canino de principio a fin en un lento ida y vuelta sin pausa al tiempo que mis manos hacían lo mismo para mi amo y otro de sus compañeros.

Era el placer de mi vida y el momento que tanto había esperado y soñado: cuatro perros sobre mi cuerpo dándome placer mientras los excitaba todavía más con mis manos y boca, poniéndolos a punto para lo mejor...

Sus pitos rojos y tremendamente inflamados por la erección mostraban el resultado de haber probado mis jugos de mujer, de las caricias de mis labios y del aroma de mi sexo dispuesto a recibirlos incondicionalmente, tras lo que decidí no demorar más lo inevitable y mansamente me puse en cuatro patas con las piernas separadas y de cara al respaldo de la cama, totalmente entregada a la jauría y lista para ser montada.

El cortejo había empezado. Los cuatro me rondaban nerviosamente olisqueando mis muslos y haciendo amagues de subirse a mi por la espalda o los hombros mientras yo respondía a su juego acariciando a los que pasaban cerca o tocándoles el pito. Sólo un par de minutos pasaron hasta que abrí mis labios vaginales dejando a merced de sus tremendos y duros miembros mi rosado y jugoso sexo, que ya medio abierto mostraba su negro interior y evidenciaba sus ansias de copular con todos y cada uno de ellos.

Sin embargo el que empezó el servicio fue mi amo, que dada su práctica diaria se ubicó detrás de mi agarrándose fuertemente a mi pelvis con sus patas delanteras para montarme y de un buen envión me atravesó con su virilidad, desflorándome y haciéndome suya.

Completamente sometida por mi amo me ajusté las pezoneras para más dolor y cerrando los ojos me entregué al placer que me daba el enérgico entrar y salir de mi y el aliento que su lengua me echaba en la mejilla con cada jadeo, y así poseída empecé a gemir con él y luego a gritar, enloqueciendo al resto de la jauría que ya quería aplacar furiosamente su instinto en mí. Rex me faenaba magistralmente y con el nivel al que me tiene acostumbrada al tiempo que mis gemidos enardecían a la jauría y mi habitación se convertía en un improvisado canil que me tenía a mí como la perra estrella del servicio. Al llegar al clímax Rex me anudó con su gran bola desde dentro y así abotonados eyaculó profusamente en mí, plantando su semilla en mi vientre y colmando mi vagina de su primera carga de esperma de la tarde. Aún estando ya cola con cola no paraba de inseminarme y comparativamente el abotonamiento no duró mucho. Al liberarme, mi amo me sacó el pito de adentro todavía con el nudo y goteando lo último que le quedaba, dejándole el lugar y la hembra caliente al próximo de la fila.

Y ese era precisamente el objeto de mi fantasía y lo que me tenía tan obsesionada: sentirme la perra de una jauría y ser fornicada a repetición por todos los perros del grupo, ser abusada por todos esos perros una y otra vez.

Sumida en estos pensamientos y con la concha medio llena fue cuando el doberman

desplazo a otro de los perros para ocupar el lugar de mi amo y sin lugar a demoras me montó rápidamente, hincándome su miembro tras varios intentos y sujetándome como a su presa. Era mi primera vez con un doberman y admito que su pito me llegaba bien adentro y mantenía un lindo ritmo al cogerme, además de gruñir y bombear con furia como si copular conmigo fuera su castigo por hacer algo indebido. Me tuvo a su merced un rato durante el cual su vehemencia al penetrarme y sus constantes gruñidos me daban la idea de que se sentía muy agradable faenar a una hembra humana, y terminé de confirmarlo cuando sentí como su bola iba creciendo rápidamente en mi interior.

Su creciente nudo taponando mi vagina más el dolor en mis pezones y ese pito duro y venoso que me cogía sin descanso me hicieron desfallecer de gusto hasta obligarme a gritar toda clase de obscenidades sin ningún pudor.

En cuestión de segundos su bola se hinchó del todo y todo su pito empezó a pulsar violentamente eyaculando calientes chorros de semen que me hicieron explotar de placer en otro orgasmo tan brutal como el primero. Cada gota de semen que entraba en mi me enloquecía de gusto, mezclándose con el de Rex y haciendo llegar mi vagina al límite de su capacidad, y me excitaba sobre manera el sólo pensar que mi vientre ahora contenía otra esencia diferente, y todavía faltaban otros dos...

Al terminar de inseminarme el bombeo también cesó pero él se quedó unos minutos inmóvil sobre mí, dejándome su pito adentro como si quisiera grabarse en la memoria la sensación de mi vagina. Al querer separarse me la quito sin ningún problema ya que su nudo, al no ser tan grande, pudo abrirme la concha con facilidad pero no pudo evitar derramar un poco del precioso líquido que contenía.

Conciente de que estaba realmente llena me llevé los dedos a la entrepierna y recogiendo la lechita que salía de mi sexo me la unté en el ano, sin poder evitar la tentación de meterme los dedos en el culo. Tampoco logré ocultar una amplia sonrisa de gusto al acariciar la creciente redondez que experimentaba mi vientre, ahora fecundado por dos perros distintos.

Luego de repetir como pude esta acción un par de veces dejé que le tocara su turno al siguiente macho del grupo, el dálmata, que parecía especialmente deseoso de poseerme y así tuvo al fin su oportunidad.

Este perro también estaba bien dotado y con lo excitados que estábamos los dos sabía que me daría una buena cogida, así que apoyando la cabeza en la almohada me aferré fuertemente a la sábana y me di unas palmadas en las nalgas, a la espera de otra certera penetración que no tardo en llegar.

Sus jadeos y sus patas me hicieron saber que se había alzado detrás de mí e inmediatamente lo tuve encima, intentando penetrarme varias veces hasta que al fin su pito encontró mi sexo y de una violenta estocada me lo enterró hasta las entrañas. Apoyando todo su cuerpo sobre mi espalda las cabezas de ambos quedaron mejilla con mejilla y su larga lengua exhalando aliento agitadamente evidenciaba el placer que su tremendo pito le daba dentro de mi vagina, mientras yo lo acompañaba gimiendo como resultado de ese mismo placer. Cada vez que me entraba un poco fuerte y me hacía gemir un poco más alto parecía desesperarse más, hasta que esos enviones se hicieron cada vez mas seguidos y mis exclamaciones pasaron a ser gritos. Oía y sentía chapotear su pito con todo el semen de mis machos anteriores cada vez que entraba en mí, y al notar que por el bombeo ya empezaba a correr por mis piernas me enardecí salvajemente. Me excitaba sobremanera sentir como me dominaba con su falo al tiempo que pronto me inyectaría su esencia, abundando y mezclándose con las que Rex y el otro perro me dejaron primero. Cerré los ojos y empecé a gritar ahogadamente cada envión suyo en mi conchita, aferrada con todas mis fuerzas a las sábanas y mordiendo la almohada para contener toda la vehemencia con la que me estaba sirviendo y los dolorcitos que su creciente nudo me provocaba al estirar mi vagina desde dentro. Entre gemidos y gruñidos su nudo se agrando al máximo haciendo lo mismo con mi cueva de placer a tal punto que creí me reventaría la entrepierna y en ese preciso instante su pito explotó liberando un tibio y abundante chorro se semen que saturó por completo mi ya colmada conchita, que ahora rebalsaba notoriamente con esta tercera eyaculación. Nuevos chorros siguieron al primero en cantidad haciendo gotear repetidas veces a mi sexo su blanco y espeso contenido aún estando perfectamente abotonada a mi tercer amante. Luego de unos segundos terminó de vaciar sus testículos en mi interior y con el placer y la seguridad de haberme preñado se bajo de mi espalda como pudo y nos quedamos unidos y muy quietos durante unos minutos en los que me dejó disfrutar con su pito todavía inflamado dentro de mí.

A la menor señal de debilidad y en cuanto su nudo pudo agrandar lo suficiente mi sexo como para salirse nos separamos, haciendo que ese enorme tapón vaginal desaparezca y que mi dilatado agujero vomitara un voluminoso chorro de semen que ya no pude contener y que cayó directamente sobre la sábana debajo de mí. No me pude reprimir y como pude retrocedí hasta quedar de cara a la gran mancha de leche que había salido de mí un momento antes y me incliné a pasarle la lengua mientras apartaba de mí a los perros, que se estaban poniendo inquietos otra vez. Al terminar de aprovechar todo aquello hasta la última gota volví gateando resignada pero feliz a mi posición anterior. La concha todavía me goteaba, me temblaban las piernas amenazando con no sostenerme por más tiempo y sentía el corazón a punto de explotar, y sabiendo que no aguantaría otra cogida como esas di por terminada la faena.

Justo cuando intentaba acercarme al borde de la cama todos los perros me rodearon por ambos lados y antes de que me pudiera dar cuenta el tremendo bóxer estaba sobre mí; ya tenía sus patas sobre mis caderas y se me acercaba meneándose tan desesperadamente como me sujetaba por la cintura. Los demás se trataban de subir a mi por los hombros o simplemente se me paraban al lado, haciéndome imposible escapar, hasta que no me quedó otra más que ceder a la fuerza del bóxer y sumisamente me dejé someter, lista para la monta una vez más.

Estaba muy nerviosa y hasta me daba un poco de miedo porque después de tres servicios tan brutales como los anteriores no me sentía en condiciones de recibir a otro macho mas, y menos a uno tan grandote como este último.

El bóxer sin embargo ya tenía su falo en la puerta de entrada a mi feminidad y sin saber o importarle en que estado me encontraba yo me aprisionó fuertemente y entró en mí con una violenta embestida. Su colosal verga me hizo levantar la cabeza y gritar tanto por la furiosa penetración, que hasta me hizo lagrimear.

La copulación no fue para nada distinta; mantuvo su vigor inicial y me bombeo duro y parejo, como si realmente no me cogiera por placer sino para realmente dejarme preñada. Mientras el bóxer gozaba con mi cuerpo yo resistía los fieros embates de su masculinidad hasta que finalmente me deje llevar y el acto mismo de nuestra unión me hizo gozar nuevamente entre gemidos.

El bóxer era toda una fiera y me faenaba con destreza y sin piedad, haciendo de mi concha sólo un enorme e irritado agujero donde inyectarme la leche y tal como hicieran los demás miembros de la pequeña jauría, él también iba a plantar su semilla en mí. Pasaron algunos minutos más de incesante bombear mientras una dura bola iba creciendo rápidamente dentro de mi concha y mi cuarto amante se aceleraba entre gruñidos, lo cual me hizo sonreír una vez más por saberme a escasos segundos de consumar mi cuarta unión consecutiva del día.

Ya no podía más de la excitación, estaba llegando a mi tercer orgasmo y sentía como me estaba recorriendo de pies a cabeza y a ojos cerrados empecé a gritar totalmente fuera de mi y a pedirle por más, por más y más hasta acabar.

Se enloquecía entrando y saliendo de mí como si me hubiera entendido y llegando a un punto en que creí que su pito explotaría en mi concha el ansiado momento al fin llegó. Una abundante oleada de semen invadió mi más profunda intimidad de mujer, bañando todo su interior hasta colmarla y llenarla de fresco esperma canino nuevamente, fecundando mi vientre por cuarta vez. Mientras el abotonamiento se hacía más y más tirante el semen seguía fluyendo dentro de mí, y al tocar nuevamente mi pancita mi fantasía me hizo comprobar con una sonrisa de satisfacción que su redondez era ya bien visible y pronunciada.

Loca de contenta miré hacia atrás para ver como mi cuarto macho y yo quedábamos perfectamente abotonados cola con cola y mientras los demás daban vueltas alrededor de mi con cierta agitación, él intentaba separarse repetidas veces tirando y haciendo fuerza. Su nudo agarrotado dentro de mí y los continuos forcejeos me estiraban la vagina más y más hasta que finalmente salió de mí ruidosamente. Al separarnos no pude contenerme y de mi vagina cayo una pequeña catarata de semen haciéndome dejar un espeso y pegajoso charco justo debajo de mi concurrida entrepierna.

Mi macho se fue lentamente, y aproveche ese momento para cambiar de posición. Me temblaban las piernas por haber sido sometida cuatro veces seguidas y ya toda floja me desplome sobre la cama, quedando boca abajo con los cuatro perros echados a mi lado... como una hembra entre la jauría. Y pensé...

Me había entregado a cuatro vigorosos machos como su única hembra y tras haber sido perfectamente servida por todos ellos hube de quedar preñada por todos y me sentí tan feliz que no pude evitar dar largos suspiros de regocijo. Tenía la conchita saturada de semen y el vientre fecundado del esperma de todos ellos, y estaba más que feliz.

Al rato me levante a darme una ducha ya que estaba demasiado transpirada y llena de fluido como producto de la tarde de sexo que pasé y no podía presentarme frente a mi vecina en tales condiciones.

Los perros se portaron bastante bien y aunque se pasaron el resto del día reclamándome más no hubo problemas hasta la hora de la cena, momento en que su dueña me toco el timbre para retirarlos, tal como habíamos acordado. Tras conversar un rato me preguntó como había ido todo y yo no ahorré palabras: le dije que eran unos dulces y que literalmente habían gozado de toda mi... atención. Quedamos en que los traería de vuelta en cuanto lo necesitara. Ahora era sólo cuestión de esperar...



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